lunes, 24 de abril de 2017

Girón: Roa y la batalla en la ONU




El canciller cubano Raúl Roa y el embajador norteamericano Stevenson en el debate en la ONU Abril de 1961

El destacado combatiente e historiador revolucionario Quintín Pino Machado, en su libro “La Batalla de Girón, razones de una victoria”, destaca en su primer capítulo la ardua lucha librada en el campo diplomático y el destacado papel que desempeñó el Canciller de la Dignidad en sus contundentes denuncias ante la ONU. En ocasión del aniversario 56 de la Victoria de Girón y el 110 del nacimiento de Raúl Roa García reproducimos fragmentos de ese texto

Cuando la noticia del sorpresivo bombardeo sufrido por Cuba fue esparcida por el mundo, en las primeras horas del día 15 de abril, los miembros del Comité Justo Trato para Cuba de Nueva York, grupo creado por norteamericanos que estaban en desacuerdo con las agresiones a Cuba, comenzaron a congregarse frente al edificio de las Naciones Unidas, en Primera Ave. y 47, e iniciaron un desfile que duró todo el día. Una consigna se repetía en sus voces y en las pancartas improvisadas: “Cuba sí, yankis no”; otros lemas llamaban a detener la agresión.
Alrededor de las diez de la mañana pasaba cerca de ellos —de hecho algunos lo reconocieron— el delgado Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba. Después de abandonar su automóvil oficial entró, con su paso presuroso de siempre, en el Magno Fórum Internacional, construido en el terreno donado por Rockefeller cuando planificaba iniciar la transformación urbanística del East-Side de Nueva York, hasta ese entonces un cascarón de edificios malolientes, agobiados en su vejez por las proximidades de pantanos y mosquitos.
Esta era la primera salida de su casa en varios días, después de una ligera indisposición que lo había obligado a solicitar el aplazamiento del debate sobre la Reclamación del Gobierno Revolucionario de Cuba por los actos intervencionistas del Gobierno de Estados Unidos.
Las instrucciones que llevaba eran claras y precisas: tenía que informar en la plenaria de la Asamblea General —Decimoquinto periodo de Sesiones— del ataque aéreo que apenas unas horas antes había sufrido su patria en tres puntos distintos, y acusar ante el mundo a Estados Unidos como el estado agresor.
Un obstáculo procesal y formal se le interponía. Ese día había un solo punto en el orden del día: la situación de la República del Congo.
La radio y los cables de las agencias internacionales transmitían la noticia del bombardeo y las declaraciones del presunto desertor de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias, que había aterrizado en Miami.
Cuando la representación norteamericana se enteró de la presencia del doctor Raúl Roa, hubo una ligera sorpresa. ¿A qué se debía la presencia de un hombre al que se consideraba enfermo y que se sabía era un polemista agresivo y brillante? La confusión fue disipada de inmediato: no podría referirse al bombardeo, pues la organización de la reunión se lo prohibía, y alguien señaló que como se discutiría la situación del Congo —hacía solo unas semanas del asesinato de Patricio Lumumba— él buscaría la fórmula de atacar a Estados Unidos, y probablemente, hacer una alusión a su país.
Cuando a las 10:30 horas se inició la Sesión y su presidente —el irlandés Frederick H. Boland— anunció, antes que todo, que daba la palabra al representante de Cuba para una cuestión de orden, la representación de Estados Unidos no pudo evitar una aprensiva corazonada, mientras avanzaba hacia la tribuna el Ministro de Relaciones Exteriores cubano.
Roa sabía que solo como una cuestión de orden podía solicitar la palabra y así lo hizo.
Después de aclarar brevemente que no era una cuestión formal, sino vital, lo que señalaría ante ese órgano “encargado de conocer todas las cuestiones que afectan la paz y la seguridad internacional”, denunció los bombardeos a las ciudades de La Habana, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba, por aviones de fabricación norteamericana y procedentes de Estados Unidos o de países centroamericanos satélites del mismo. Y cuando con voz vibrante añadía: “La delegación de Cuba acusa…”, el Presidente de la Asamblea golpeó la mesa y exclamó: “¡Orden!”, y a continuación advirtió al Ministro cubano que el punto que tocaba era de fondo y no de orden y, por tanto, no podía hacerlo de esa forma, aunque reconocía la importancia del mismo.
El doctor Raúl Roa, con voz tranquila, le dio las gracias “por su observación y ruego”, pero le señaló que no le era posible retirarse de ese alto foro sin acusar, de manera formal y solemne, al gobierno imperialista de Estados Unidos de esos hechos “que ponían en gravísimo riesgo la paz y seguridad internacionales”.
El Presidente volvió a interrumpirlo y lo exhortó a regresar a su escaño.
El Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba abandonó la tribuna después de expresar, de forma audible para todos: “Ya lo he dicho y me retiro”.
La delegación norteamericana se movía inquieta en sus asientos. Hablaron en voz baja entre sí. La situación se les iba de las manos; se planteaba cuarenta y ocho horas antes de lo esperado, pues estaba previsto que el debate sobre la reclamación de Cuba se realizara el lunes 17.
Cuando Roa volvió a su escaño, el señor Valerian Zorín, representante de la Unión Soviética, pidió y obtuvo la palabra por una cuestión de orden.
Planteó que llamaba la atención a la Asamblea sobre lo comunicado a la misma por el doctor Roa y que era necesario entrar a discutir de inmediato el tema de la agresión contra Cuba.
El señor Frederick H. Boland señaló que en la Primera Comisión —Política y Seguridad— había un punto relacionado con lo informado por el Ministro cubano, dado lo cual consideraba que no debía entrar a examinarse ese punto, y esperar a la reunión de la Comisión que sería el lunes próximo.
El representante de la Unión Soviética retomó la palabra para aceptar las dificultades procesales que señalaba el Presidente. Luego propuso una reunión urgente de la Primera Comisión en la tarde de ese día para debatir el problema, rogándole al Presidente hacer los trámites correspondientes.
El señor Boland aclaró que para ello era necesario consultar el parecer del Presidente de la Primera Comisión y, después, someterlo a votación, pues era imprescindible tener las dos terceras partes de los presentes a favor de la propuesta para que fuese aprobada.
El Presidente de la Primera Comisión —Jiri Kurka, de Checoslovaquia— dio rápidamente su aprobación y la representación norteamericana, perpleja ante el desarrollo de los acontecimientos, no pudo evitar que más de las dos terceras partes de la Asamblea votaran por la proposición soviética. La reunión tendría lugar a las 3:00 p.m. de ese mismo día.
El señor Stevenson no perdió su ecuanimidad; ordenó a su secretaria que le cancelara algunos asuntos personales relacionados con el inicio de su weekend, y dio instrucciones a sus ayudantes principales referentes al discurso que debía pronunciar por la tarde, para replicar a Roa.
La representación de Cuba en la ONU había cumplido la misión encomendada. La dirección de la Revolución estaba satisfecha. La segunda contraofensiva contra el ataque norteamericano ya se había puesto en marcha. La primera, por supuesto, había quedado en manos de los artilleros antiaéreos cubanos.
Cerca de las 14:00 h, Roa estaba de vuelta en el edificio de la ONU. Estaba inquieto.
A las 3:00 p.m. comenzó la reunión extraordinaria de la Primera Comisión y su presidente, el señor Jiri Kurka, dio la palabra al primer orador inscrito en la lista, que era el doctor Raúl Roa.
Este, en un discurso breve y conciso, señaló en primer lugar los artículos de la Carta de las Naciones Unidas que Estados Unidos había violado al ordenar los bombardeos contra Cuba. Más adelante dijo:
“Este es, sin duda, el prólogo de la invasión en gran escala, urdida, organizada, avituallada, armada y financiada por el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica, con la complicidad de las dictaduras satélites del hemisferio occidental y el concurso de cubanos traidores y mercenarios de toda laya, entrenados en territorio norteamericano y en Guatemala por técnicos del Pentágono y de la Agencia Central de Inteligencia.
“El Gobierno Revolucionario de Cuba acusa solemnemente al gobierno de Estados Unidos de Norteamérica, ante la Comisión Política y de Seguridad y la opinión pública mundial, de haber recurrido al uso de la fuerza para dirimir sus diferencias con un Estado Miembro de la Organización.
“Llamo la atención de los representantes sobre los cínicos esfuerzos de la propaganda oficial norteamericana para presentar una versión distorsionada de los sucesos…”
Terminó su alegato, diciendo:
“Además, está el hecho de que los pilotos criminales se han venido a refugiar en el Estado de la Florida. Queremos advertir a los representantes que los mercenarios alquilados por el gobierno de los Estados Unidos han anunciado que esta noche a las 10 volverán a bombardear las ciudades cubanas.
“Sin perjuicio de ejercitar el derecho inmanente de la legítima defensa, el Gobierno Revolucionario de Cuba se reserva el uso oportuno de las atribuciones y facultades que le otorgan la Carta de las Naciones Unidas.”
Cuando Roa volvió a su escaño y se dispuso a fumar un cigarrillo —con ese gesto tan característico que detuvo en el tiempo e inmortalizó el caricaturista cubano Juan David—, el señor Adlai Stevenson se dirigía a la tribuna con gestos pausados y ademanes de Harvard, para replicar al representante cubano.
Inició su discurso con el estilo irónico e impecable que lo caracterizó en sus dos arduas y frustradas campañas en pos de la Primera Magistratura de su país.
“Mucho me satisface que el doctor Roa se haya recuperado súbitamente de su enfermedad. Esta es la primera oportunidad que tengo de escuchar al doctor Roa sobre los pecados de los Estados Unidos y las virtudes de la Cuba de Fidel Castro, y debo decir que es una experiencia notable.”
Más adelante se lanzó a fondo:
“En primer término, como dijo el Presidente de los Estados Unidos hace algunos días, en ninguna condición habrá intervención alguna de parte de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos.
“En segundo término, los Estados Unidos harán todo lo que les sea posible para asegurar que ningún americano participe en ninguna acción contra Cuba.
“En tercer término, con respecto a los acontecimientos que se alega ocurrieron esta mañana, los Estados Unidos los considerarán de acuerdo con las prácticas corrientes en las solicitudes de asilo político.
“Yo tengo aquí una fotografía de uno de esos aviones. En la cola tiene las marcas de la Fuerza Aérea de Castro, y ustedes podrán verlos por sí mismos. La estrella cubana y las iniciales F.A.R. (Fuerza Aérea Revolucionaria) están claramente visibles. Tendré mucha satisfacción en exhibir estas fotos a los miembros de la Comisión después de estas manifestaciones.
“Como es bien sabido, los Estados Unidos hace tiempo que tienen bajo vigilancia los aeropuertos de la parte sudeste del país, con el fin de evitar estos alegados despegues hacia Cuba. Continuaremos manteniendo estos aeropuertos bajo permanente vigilancia.”
En ese momento consideró oportuno leer las declaraciones del piloto que había aterrizado en Miami y que recién había transmitido el cable de la AP:
“Yo soy uno de los 12 pilotos de B-26 que permanecieron en la Fuerza Aérea de Castro después de la defección de Díaz Lanz, y de las purgas que siguieron. Tres de mis compañeros pilotos, y yo veníamos planeando desde hace tiempo cómo escapar de la Cuba de Castro. Antes de ayer yo escuché que uno de los tres, el teniente Álvaro Galo que es piloto del B-26 No. F.A.R. 915 había sido visto conversando con un agente de Ramiro Valdés, el jefe del G-2. Yo alerté a los otros dos y decidimos que probablemente Álvaro Galo, que siempre había actuado algo así como un cobarde, nos había traicionado. Decidimos tomar acción inmediatamente. Ayer de mañana yo estaba asignado a una patrulla de rutina desde mi base en San Antonio de los Baños sobre una sección de Pinar del Río y alrededor de Isla de Pinos. Se lo dije a mis amigos de Ciudad Libertad, y ellos estuvieron de acuerdo en que debíamos actuar. Uno de ellos iba a volar a Santiago. El otro presentó la excusa de que deseaba verificar su altímetro y ellos despegaron de Ciudad Libertad a las seis de la mañana. Yo despegué a las seis y cinco. Debido a la traición de Álvaro Galo, decidimos darle una lección, y entonces volé a San Antonio donde su avión estaba estacionado e hice dos descargas de metralla a su avión así como a otros tres estacionados en las cercanías. A la salida fui tocado por algunas pequeñas descargas y traté de irme. Mis compañeros habían partido más temprano para atacar los aeropuertos que habíamos acordado atacar. Como me quedaba poco combustible tuve que ir a Miami, ya que no podía llegar al destino convenido. Es posible que hayan ido a ametrallar otro aeropuerto antes de irse, tal como Playa Baracoa, donde Fidel guarda su helicóptero.
“Desearía —continuó Stevenson— que los miembros de esta Comisión tomen nota de que se han dado los pasos necesarios para embargar los aviones cubanos que aterrizaron en la Florida, y que no se les permitirá despegar para volver a Cuba.
“Deseo hacer una observación, a título de conclusión, de carácter general y antes de entrar en una discusión más extensa sobre este asunto el lunes. Como dijo el presidente Kennedy hace unos días, la cuestión fundamental no es entre los Estados Unidos y Cuba, sino entre los cubanos mismos…”
Y calificó de tiránico “el gobierno del Sr. Castro” antes de finalizar su réplica.
Después, tomó la palabra el representante de Guatemala para declarar de forma categórica que era falso que su país se hubiese prestado para entrenar fuerzas dispuestas a atacar al Gobierno cubano, y dejaba constancia “de la más enérgica protesta”.
Raúl Roa retornó a la tribuna expresando que por ser una persona bien educada “debo agradecer al representante de Estados Unidos su complacencia, por la ‘súbita’ recuperación de mi salud”. Añadió que era también la primera vez que oía a Stevenson en la ONU; que había leído con anterioridad sus libros y que ahora le constaba que existían dos Stevenson: antes y después de ser parte del gobierno del presidente Kennedy.
Señaló que cualquiera podía pintar un avión con los colores de Cuba, y que eso era un truco habitual en la piratería internacional; y recordó que con anterioridad, en la Asamblea General, había declarado que en el aeropuerto de Retalhuleu, en Guatemala, existían numerosos aviones B-26 que exhibían el emblema de los aviones de la Fuerza Área de Cuba.
Más adelante afirmó enfáticamente que la declaración del presidente Kennedy asegurando que las Fuerzas Armadas de Estados no intervendrían en los asuntos internos de Cuba, no ofrecía garantía de ninguna clase. “Esas declaraciones las formulan usualmente los altos dirigentes de las potencias imperialistas y colonialistas”.
Terminó diciendo:
“El Sr. Stevenson se ha permitido de calificar de ‘tiránico’ al Gobierno de Cuba, a sabiendas que falsea los hechos. Permítaseme que yo, ajustándome a los hechos, califique al gobierno de Estados Unidos de régimen totalitario, angelicalmente disfrazado de ‘democracia representativa’.”
Luego intervinieron otros representantes, la mayoría en solidaridad con Cuba.
Este ataque a fondo en el frente diplomático —por lo a tiempo y seguro del mismo— desempeñó un importante papel en la psicología de la Dirección norteamericana. Basta leer los diversos escritos de norteamericanos al respecto, en los que se trasluce la indignación de Kennedy por la propaganda negativa —para el proyecto—que se desató en la prensa internacional el domingo 16 de abril. Cuentan que los oficiales de la CIA que dirigían la operación llegaron a temer su suspensión, y que respiraron con alivio cuando los barcos que transportaban a los invasores traspasaron la hora cero, a partir de la cual ya no era posible retroceder.
Además, los vacilantes de siempre en el orden internacional, comprendieron, sin ningún género de dudas, que el Gobierno revolucionario de Cuba estaba dispuesto a combatir en cualquier terreno hasta el final. Y que las consecuencias, por empecinamiento de Washington o dejadez de otros, no serían nunca responsabilidad de Cuba, que estaba demostrando que sabía defender su soberanía con la razón y con las armas.
El 17 de abril comenzó en Washington con las declaraciones del Departamento de Estado, del Pentágono y de la Casa Blanca. El primero en hablar fue un vocero del Departamento de Estado. “El Departamento de Estado no tiene noticias de invasión alguna”. El Pentágano dijo que no sabía nada y la Casa Blanca, por boca de su Secretario de Prensa, afirmó: “Todo lo que sabemos sobre Cuba es lo que leemos en los partes de las agencias de noticias”.
Así las cosas, a las 10:30 h —casi a la misma hora en que las Milicias Revolucionarias, con la toma de Pálpite, garantizaban una entrada a la playa— se dio inicio a la Sesión prevista de la Comisión Política y de Seguridad para el 17 de abril.
Había tres puntos en la agenda, pero Roa pidió inmediatamente la palabra por una cuestión de orden y solicitó que como primer punto se discutiera el presentado por Cuba debido a la urgencia que provocaban los hechos.
No hubo objeción por parte de los integrantes de la Comisión y le fue concedida la palabra.
Comenzó haciendo un recuento de las veces que Cuba había acudido a los Organismos Internacionales con idénticos propósitos.
Enfatizó que Cuba no obtuvo garantía ni justicia de los Organismos Internacionales en su batalla contra el Gobierno de Washington.
Después, hizo un largo y laborioso resumen de las actividades norteamericanas contra Cuba, señalando de forma concreta y con abundancia de pruebas, cada una de sus acusaciones.
Apuntó que el advenimiento de la Administración demócrata había alentado ciertas esperanzas en el Gobierno Revolucionario cubano de que cambiarían los rumbos de la política externa norteamericana con respecto a Cuba. Recordó que el mismo día en que Kennedy tomó posesión de su cargo, el Primer Ministro Fidel Castro en un discurso había dicho: “Hoy ha hablado el nuevo Presidente. Su discurso tuvo algunos aspectos positivos. Nosotros, los cubanos, no queremos prejuzgar, ni queremos juzgar… sabremos esperar con calma. A nosotros no nos invadió nunca el odio, a nosotros no nos invadió nunca la histeria, ni cuando sobre nosotros se cernía el tremendo peligro que implicaba el golpe de un enemigo poderoso. ¿Qué decir ante la perspectiva de hallar paz para nuestro país y para el mundo? Bienvenida sea esa oportunidad y bienvenida sea esa paz. Nosotros sabemos lo que tiene por delante el nuevo Presidente de los Estados Unidos. Si emprende un sendero honesto en bien del mundo y su propio país, le deseamos éxito. Mientras, esperaremos por los hechos que son más elocuentes que sus palabras”.
Pero, aclaró el Ministro cubano, la esperanza se evaporó: “La política de fuerza de la administración republicana fue sobrepujada por la administración demócrata”. Refiriéndose al Libro blanco, publicado como documento oficial por el Departamento de Estado y escrito por Arthur Schelinger Jr., dijo que en él se formalizaba la guerra política, económica, diplomática y militar de Estados Unidos contra Cuba.
Y como respuesta clara a la referencia del Libro blanco, del Departamento de Estado, de que la Revolución, después de derrocar a Batista, había planteado nuevas metas, recordó que la revolución norteamericana no se había detenido cuando consiguió la derogación del impuesto del té, el papel timbrado y la melaza. Si los norteamericanos se hubieran contraído a esos únicos puntos y no hubieran continuado la lucha para liberar las fuerzas sociales y económicas, reprimidas por el monopolio británico, entonces será correcto calificarlos de traidores a la revolución. Refresca algunos detalles: “que la tercera parte de la población de las trece colonias permaneció fiel a Su Majestad Jorge III; que se expatriaron 100 000 habitantes confiscándoles sus bienes y prohibiéndoles el regreso, exceptuando los que fueron ahorcados. Las primeras elecciones generales tuvieron lugar trece años más tarde y con un solo candidato a Presidente. Y no tuvieron derecho al voto las mujeres ni mucho menos los esclavos que ascendían a 1 000 000 en una población que no llegaba a los 4 000 000. (…) La revolución no es un acto —explicó el antiguo Profesor de la Universidad de la Habana al antiguo Profesor de la Universidad de Harvard— sino un proceso”.
Recordó que el presidente Kennedy durante su campaña electoral había enarbolado la siguiente consigna: “Hagamos con Cuba lo que hicimos en Guatemala, pero diciéndolo”.
En un momento apuntó que el presidente Kennedy había dicho que evitaría la presencia del norteamericano en cualquier acción contra Cuba, pero que no había negado que ayudaría, como es notorio que lo había estado haciendo. “Y tampoco negó que ayudaría a las invasiones indirectas o desde territoríos extranjeros”.
Expone que los planes de la CIA se han filtrado, y se sabe que en las campos de Guatemala se construyó una pista de 4 500 pies donde han concentrado paracaidistas, aviones de transporte y bombarderos B-26.
Expresa que informaciones parecidas a estas las dio el New York Times de los días 8 y 14 de abril. Y señala otros ejemplos concretos publicados en la prensa norteamericana.
Los sólidos argumentos de Cuba golpeaban, como obuses de 122 mm, en los oídos atónitos de los miembros de la Comisión: ¡Nunca antes se había presentado una acusación tan sustentada contra Estados Unidos en la ONU!
Raúl Roa terminó diciendo: “Un clamor unánime estremece hoy a toda Cuba, resuena en nuestra América y repercute en Asia, África y Europa. Mi pequeña y heroica Patria está reeditando la clásica pugna entre David y Goliat. Soldado de esa noble causa en el frente de batalla de las relaciones internacionales, permitidme que yo difunda ese clamor en el severo areópago de las Naciones Unidas: ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!”

Quintín Pino Machado

Un nombre imprescindible en la batalla cultural de la nación: Armando Hart Dávalos




Con qué satisfacción hemos sido testigos de un acto de justicia intelectual y de elevada cultura. En tiempos donde el pensamiento lucha por no fenecer y vencer la terrible crisis que intenta destruir el más completo de los ejercicios humanos: el del pensar -y así rasgar el tejido espiritual de los seres humanos hasta abrirlo despiadadamente- se nos presenta una oportunidad única de seguir creciendo, de continuar naciendo en lo autóctono y universal de quien es grande por esencia, de perpetuar su obra (profundamente ética y descolonizadora). Descubrir los entramados de un pensamiento integrador y radical, o de una vida movida por el amor que hace y nutre de fe y fuerza natural a un revolucionario; no es tarea fácil; sí deber generacional de quienes apuestan por el socialismo en Cuba y promueven, desde el debate y la reflexión permanentes, la defensa de la patria. Es esta una batalla cultural y un nombre imprescindible se inscribe todos los días en ella: Armando Hart Dávalos.
A Hart se ha dedicado uno de los sucesos culturales más importantes en Cuba con frecuencia anual: la Feria Internacional del Libro. Para quien ha sido artífice de la obra educacional cubana, de la construcción social de utopías en Cuba, de convertir en realidades, al decir del maestro pensante Fernando Martínez Heredia, imposibles que mueven a los revolucionarios y devienen necesidad para fundar; este acto de justicia intelectual y elevada cultura; supone, desde su sencillez y humildad, un compromiso mayor con su patria: continuar abriendo las puertas de la cultura en toda obra humana, propagar el pensamiento y trabajar con él para el bien de los demás, para hacer valer la elección martiana, de la que ha sido fiel continuador, de echar su suerte con los pobres de la Tierra. Donde no está la cultura, ha dicho Hart, está el camino a la barbarie; y esencialmente, desde esa defensa reflexiva y radical; que su nombre, y más aún, su obra (perfecta conjunción entre el decir y el hacer sin manchas); estén en la portada, prólogo, cuerpo, epílogo y contraportada de la feria del libro, es un antídoto salvador en medio de tanta inmundicia intelectual.
Hay que salvar la cultura, y hemos de asirnos a lo mejor del pensamiento crítico, descolonizador y revolucionario que ha formado la humanidad. Es imprescindible cultivarnos, no como meros asimiladores acríticos de la obra antecedida, sino como partícipes activos en el proceso de diálogo con la propia cultura, en la construcción de saberes e interpretación de la realidad. Un exponente principal de ese permanente diálogo es Armando Hart; pensador de su tiempo, profuso conocedor de la tradición de la que somos hijos – ética, filosófica y cultural, de resistencia patriótica y alternativa emancipadora. Como bien conoce su tiempo, está a su nivel, y trasmite con la fuerza de sus años importantes lecciones, las del maestro paradigma, sabio penetrante en la razón y los sentimientos de sus discípulos.
Es Hart un legítimo hijo de Ariel; personaje shakesperiano de la obra La tempestad, figurado de manera magistral por el uruguayo José Enrique Rodó, en su representación del “nuevo humano”, del hombre que se conoce a sí mismo, que busca en su interior las motivaciones de su vida, su lucha, que crece y crea, que es de firme orientación moral, que es joven de espíritu, pensamiento y acción; no es más que un pretexto para dialogar con los jóvenes, para llegar a sus vidas y construir juntos la sociedad nueva que queremos, más socialista, justa y humana. Forma parte Hart de una línea de pensamiento y acción, que transversaliza la moral, y salva el pensamiento de profunda raíz antimperialista y de resistencia cultural que tiene en la historia de lucha de nuestra América, osamenta medular.
En prólogo a un texto fundamental de Hart, una especie de manifiesto martiano y comunista: “Marx, Engels y la condición humana. Una visión desde Cuba”; el intelectual Néstor Kohan escribió, sobre la base de criterios – que compartimos – desde una visión nuestroamericana y con clara comprensión de la altura ética, política e intelectual de Hart; y de los anhelos históricos de la juventud, que son también los de hoy, de alcanzar un mundo mejor, que es posible y necesario para frenar el avasallante orden capitalista: “Es el libro de un joven por la frescura y la amplitud de sus ideas, por la pasión y el entusiasmo con que aborda los problemas, por la ausencia de reverencias que pone en práctica frente a “las autoridades” otrora tradicionales de la teoría y frente a los dogmas cristalizados que obstaculizaron el sueño revolucionario de las generaciones precedentes”.
Por eso es legítimo hijo de Ariel, porque incomoda los cánones trillados y los lugares comunes que tanto han retrasado al pensamiento de la rebelión, a la teoría de la revolución, a la práctica política de la transformación radical y al proyecto socialista en América Latina y en el mundo. Por eso pertenece a esa pléyade de pensadores transgresores del dogmatismo y la contemplación vacía e infértil, a esa corriente que siempre se ha opuesto al imperialismo, como nos recuerda Kohan: “…no solo en el terreno económico –denunciando la explotación del hombre por el hombre y el saqueo de nuestro continente- sino también en el ámbito de la cultura –criticando la enajenación que subordina los valores éticos y espirituales al mercado”. El nombre de Hart, su pensamiento vital, da continuidad al de Mella, Villena, Ponce, Mariátegui, Roa, Vasconcelos, Sandino, el Che y Fidel; y se eleva firme a lo más alto de la condición humana. Su visión tiene su iris en Cuba, en la cultura de hacer política aprendida de José Martí y Fidel Castro, en lo mejor de la tradición bolivariana y en las tesis humanísticas que lo formaron y consagraron como el gran pensador y teórico de la revolución que es.
Marxista original, su lucha tiene cuatro dimensiones porque su batalla es jurídica. Logra una sinergia armoniosa entre la teoría y la práctica revolucionarias; la cuestión moral es el origen, la revolución social, y el papel de la cultura es destino creador de una cosmovisión filosófica capaz de plantearse los mayores problemas y encontrar las soluciones más sencillas; porque va a la raíz, porque vuelve, en constante renovación crítica, al proyecto original; porque tiene cultura de hacer política. Es este un concepto del que no sólo ha hablado y teorizado, sino que ha practicado y movido por resortes extraordinarios. Hay en Hart una suerte de misterio que estimula el ejercicio del pensar, pero desde un espíritu muy joven, con una mente abierta vital en tiempos donde las mentes son colonizadas y sometidas a imperios carceleros de la creatividad, originalidad, autenticidad; prisiones de la razón y el sentido común en la transformación revolucionaria. El misterio que en sí misma es Cuba, con sus matices diversos y complejidades propias de su historia y la realidad que la acompaña; que la hace resistir como piedra en el zapato capitalista, que sirve de luz orientadora o llama eterna de la martiana revolución, a nuestros pueblos de América.
El misterio de Hart, a mi modesto juicio, radica en que desde muy temprano supo descifrar el misterio Cuba, apropiarse de esa rica tradición humanista y ética del pensamiento cubano; asimilar críticamente, como elección que aprende de Martí, la cultura universal; sin olvidar, porque lo defiende y preserva, que el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Su honda es la de David; no teme al pensamiento, no milita en el bando de los cansados, sietemesinos, adolescentes de valor; es un hombre a imitar, hay que conocerlo profundamente y, sobre todo, leerlo. A Hart se accede muy fácil, es de esos hombres que, aún tengan una condición social, como la ha tenido en todos estos años de construcción socialista, de gobernante; y con orgullo patrio y honor lo digo, porque además lo distingue la dignidad del gobernante, la ética y el decoro con que debe siempre actuar; no es Hart una quimera para los gobernados, no es inalcanzable, es un amigo. Muchas veces se ha visto esa distancia entre gobernantes y gobernados, la historia universal nos lo muestra. Pero en Hart, que es destacar lo más noble y puro de la Revolución, con el ejemplo de Fidel, no se ve.
Permítanme entonces traer a este homenaje las palabras de un padre martiano: Cintio Vitier, sobre este legítimo hijo de la patria; precisamente hablándonos de esa distancia aludida: “En Armando Hart esa distancia no sólo se atenúa al máximo, sino que, por obra y gracia de su humanidad misma, cambia de signo, se convierte nada más, y nada menos, que en una diferencia de función dentro del ámbito social. Y todo lo que dentro de este ámbito se contenta y nos contenta con llenar una función necesaria, no importa cuán insigne o humilde sea, pertenece a la más noble categoría que puede definir al ser humano: su vocación de servicio. He aquí la palabra clave que nos dibuja la presencia espiritual de Armando Hart, y cuando decimos espiritual no queremos decir, en este caso, inmaterial, pues muy pocos hombres hemos conocido tan atravesados físicamente por su propio rayo de luz interior, luz que incesante y ansiosamente se proyecta hacia lo que pudiéramos llamar el horizonte de los problemas. De ese horizonte le viene a Hart su mayor inspiración intelectual y política, su más lúcido entusiasmo, y es así como se manifiesta en él la fusión de gobierno y servicio, de poder y servicio…”. Hart sirve a los demás, esa es su vocación, de ahí su condición de hombre bueno, con la sensibilidad necesaria para sanar heridas y la autoridad indiscutible para pedir, en nombre de la patria, cualquier sacrificio. Pocos hombres en la historia han crecido tanto. La idea del bien se manifiesta en Hart de forma práctica y constante; es un defensor de la humanidad.

Yusuam Palacios Ortega

(Palabras de homenaje a Hart en la Feria del libro, en el panel que le dedicaron los jóvenes)

¿Cosmopolitismo o huellas de colonización?




La cultura cubana —llamada, como parte que es de la especie, a ser humanoascendente— tiene más de una raíz: de entrada, es hispano y afrodescendiente a la vez, y en distintos grados también la han enriquecido aportaciones como las llegadas de China y, en lo más cercano, de otros pueblos del Caribe. En tal fusión se fraguó lo que Fernando Ortiz, quien empezó su carrera hablando de lo afrocubano asociado a lo hampesco o marginal, terminó definiendo centralmente como fusión cubana de blancos y de negros. Aunque más presente —incluso en lo material: en la genética— de lo que suele reconocerse, el elemento aborigen no dejó aquí una huella tan relevante como la que ha conservado en otros pueblos de nuestra América. Pero ignorar su presencia les haría un favor a las fuerzas que en gran medida asolaron a los habitantes originarios de las Antillas.
Todo ello es válido para la sociedad cubana en el plano colectivo y, de distintos modos y con diversas gradaciones, en el individual. Desde la formación que la puso en camino de ser la Cuba que es, y por su posición geográfica, esta tierra se relacionó intensamente con el resto del mundo. Tal realidad la ha marcado de diversas formas, y ha sido y es natural el cultivo en ella de expresiones artísticas de otras comarcas, por lejanas que sean o parezcan. En especial afines le resultan el conjunto de nuestra América, su familia natural, y particularmente España y África, fuentes básicas de su forja como nación.
En general, y sobre todo con respecto al cultivo de las expresiones de esas dos áreas, lo más sensato sería lograr el mayor equilibrio posible en la atención a unas y a otras, superando las parcialidades que históricamente se hayan dado en el afán de revertir o imponer privilegios o silenciamientos. Hoy no se deben pasar por alto las desproporciones que pueda imponer el mercado, apreciables hasta en el uso de un idioma dominante, el inglés.
La maquinaria cultural del imperio que procura mantener su hegemonía planetaria inunda los medios de comunicación en el mundo, incluso en un país asediado, agredido y bloqueado por la potencia imperial. Eso no ha impedido que los símbolos de esa nación, empezando por su bandera —que merecería ser rescatada por un pueblo que a veces ya ni la reconoce como suya, de tan manipulado y burlado que ha sido—, se esparcen de una manera que acusa, cuando menos, insuficiente prevención por parte del territorio inundado.
Ejemplos de semejante inundación abundan. El autor de este artículo ha resumido en otros textos algunas muestras representativas de tal realidad, frente a la cual artistas, promotores culturales y guías de política cultural —de política— tienen una alta responsabilidad que cumplir. Los convocan su relación profesional y es presumible que también afectiva con lo simbólico, con los valores históricos y éticos, y su posibilidad de trasmitir o abonar los mejores de estos en el seno de la sociedad. Se trata de un terreno donde las prohibiciones suelen ser contraproducentes o no resultar lo más aconsejable. Pero la resignación, la inercia, un acrítico dejar hacer —en lo cual acaso influyan temores y prejuicios nutridos por las consecuencias de haber aplicado en otros momentos interdicciones desmedidas— pueden de igual modo conducir a despropósitos y males mayores.
En un espacio de la Televisión Cubana se puede premiar un programa de una emisora radial también cubana denominado Cuba Tonight , que parece llamado a propiciar más anchos cauces a búsquedas institucionales de animación que en la capital del país llevaron a lanzar un itinerario recreativo bautizado como Havana Tonight . Se diría que fue concebido para atraer turistas, en medio de una confusión globalizadora que ha hecho suponer que el mundo entero habla la lingua franca imperial, o que resulta poco menos que forzoso hablarla.
A pesar de la expansión del inglés —no debida precisamente a grandezas como las de William Shakespeare y Walt Whitman, sino al poderío del mercado, el dólar, la tecnología y la OTAN, y a su distintivo pragmatismo intrínseco—, no es ni remotamente cierto que todo el mundo domine ese idioma, ni se debe propiciar que esa lengua someta al mundo. Y, en cualquier caso, ¿no deben los turistas que lleguen a Cuba tener ocasión de percatarse de que se encuentran en ella, no en un apéndice de “cubanidad” como el que pudieran hallar en la calle 8 de una ciudad cuyo nombre, si del español se trata, se pronuncia Miami , no Mayami ? A bordo de un ómnibus para turistas, ¿se debe desterrar la música cubana, en el entendido —sin la menor demostración— de que les interesa no digamos ya la música de otros países, sino la peor de las que circulan en sitios comerciales del mundo, cuando si en algo es Cuba una potencia es en la riqueza de su música?
Todavía al menos, la radiodifusión —televisoras incluidas— y los ómnibus del sector turístico son medios de propiedad social y administrados estatalmente, no bienes poseídos y controlados por particulares, déseles el nombre que se les dé, entre ellos el eufemismo de cuentapropistas . ¿Deben por alguna razón las instituciones culturales del país renunciar a los deberes que están llamadas a cumplir incluso en el sector no estatal? Para fomentar el conocimiento internacional de la música cubana, ¿es indispensable crear una institución llamada Bis Music? Para organizar un festival de música —internacional, sí, pero en Cuba— ¿es necesario llamarlo Havana World Music?
Mientras el país demora en darse su propia ley lingüística —otras naciones, como Francia, tienen la suya, y con ella defienden su idioma, aunque la Coca Cola insulte con un anuncio insolente el Molino Rojo, uno de los emblemas de París, y su gobierno se pliegue al imperio—, pueden seguir haciéndose algunas reflexiones. Tal vez aquellos nombres citados en el párrafo anterior apunten a una conjunción de entuertos: de un lado, la ya señalada tendencia a suponer que el inglés es la lengua del mundo; de otro, considerar que los hispanohablantes están obligados a entender qué significa music , mientras a los anglohablantes se les debe rendir pleitesía hasta el punto de evitarles invertir tiempo y neuronas en inferir el significado de música .
No cabe confiar acríticamente en que tal fenómeno solo opera entre lenguas diferentes. Una leve observación sugiere que en el propio uso del español remite a herencias del colonialismo: quienes vienen de España a Cuba hacen valer su aparcar y su coche , porque entienden que la población cubana debe saber qué significan esas palabras, o arreglárselas para saberlo. No se les ha de repudiar por ello. La mala señal estriba en las personas de Cuba que, no más llegar a España, renuncian a su parquear y a su carro , que —como aparcar y coche — son también extranjerismos adoptados y adaptados en español.
Cuba tiene sus raíces, sus caminos y su alma cultural, que no la desgajan del mundo, pero le han dado su identidad propia, con la que debe seguir insertada en él. En la atención a esa verdad le corresponde un sitio relevante al conocimiento de los nutrientes que ha recibido de África y de España, los cuales deben y merecen ser tratados con la mayor lucidez. No es cuestión de impostar el ceceo o el melisma andaluz, ni de zarandear nombres de orishas.
Por fortuna, para el cultivo del legado de origen africano que vive en la cultura cubana no ha asomado un desatino como llamar Tambores Batá Cuban Rhythm a una agrupación determinada. Acaso el acierto se base en la noción, o conciencia, de que se abraza y se defiende un elemento que, siendo de primer orden, resultó avasallado. En el plano del idioma —soporte del pensamiento— ese saber puede prevenir contra aberraciones como la antes imaginada a manera de muestra.
Quizás no ocurra exactamente igual en cuanto a la vinculación con la cultura española: esta, por haber sido dominante, durante un largo tiempo y con distintos recursos opresivos se asoció a lo impuesto, aunque tuviera base igualmente en los diversos sectores populares de la metrópoli. Pero, practicado individualmente o por colectivos, es tan legítimo cultivar el legado de los ancestros españoles como el de los africanos. En ese camino, y citando un ejemplo real, existe una compañía danzaria cuyo cometido lo define la denominación Ballet Español , completada con una expresión de raigalidad: de Cuba .
El baile español de España se hace en aquella nación peninsular; el interpretado en Cuba, y a lo cubano, tendrá en ritmo y movimiento, y en espíritu, matices aportados por la nación que lo acoge. Lo aberrante sería que esa agrupación, con vida y sede en Cuba , se denominara Cuba Spanish Ballet, lo que rendiría tributo al “cosmopolitismo” que, curiosamente, se expresa en inglés, como si el español no lo hablara también una de las mayores comunidades de pueblos del planeta. A otros pueblos se les impuso por “legítimo” derecho de conquista el inglés. A Cuba le tocó el español, que hizo suyo: ha enriquecido esa lengua en el medio milenio más importante de su evolución, marcada en 1492 por la edición de su primera gramática y por el encuentro de dos mundos.
Puesto que en lo concerniente al cultivo hoy en suelo cubano del arte de España se ha usado como ejemplo una agrupación real, el Ballet Español de Cuba, también da gusto añadir que su gestor y director no ha incurrido en la incongruencia de colgarle un nombre anglosajón. Pero, si lo hiciera, y las instituciones encargadas de orientar la cultura en Cuba y trazar, establecer y aplicar la correspondiente política cultural, se lo permitieran o fueran insensibles a ese hecho, habría que respetar el derecho de cada quien a enjuiciar tal decisión. Por lo pronto, ¿no habría motivos para poner en duda el tino de semejante bautizo? La duda recaería no solo sobre el guía la agrupación: afectaría de paso a las instituciones mencionadas.
No habría que descartar la influencia de intereses mercantiles en una decisión de ese carácter. No todo el mundo está obligado a tener idéntica formación intelectual que un músico de la talla de Leo Brouwer, ni a compartir plenamente sus criterios sobre la cultura, como el que ha mostrado con respecto a los premios Grammy, de los Estados Unidos. Sin desconocer la altura académica de las autoridades que los dirimen, ha rehusado ir a ese país para recibir el galardón cuando, más de una vez, se le ha conferido. Estima que en el otorgamiento y en la promoción de use lauro —que tan codiciado se percibe— operan no solo razones artísticas, sino también, o sustancialmente, intereses mercantiles. ¿No define un diccionario de lengua inglesa el rótulo Grammy como la marca comercial ( trademark ) de un premio conferido cada año por logros en la industria de la música grabada?
Los demás artistas cubanos que residen en Cuba, y aquí tienen la base fundamental o la raíz de su labor, ¿no deben abrazar la idea de que, triunfen donde triunfen, y vayan adonde vayan, son cubanos ? Es seguro que por lo menos la mayoría lo hace. En sus circunstancias y para moverse principalmente fuera del territorio cubano, fundó en 1931 Ernesto Lecuona —quien, según apunta Radamés Giro en su Diccionario , “nunca actuó con ella”, y pronto la dejó en otras manos— la orquesta Lecuona Cuban Boys. Pero esa estrategia comercial no dio margen para dudar de la nada aldeana cubanía del autor de La comparsa , Siboney , Suite española y la música de María la O , por solo citar algunos ejemplos.
Por su parte, Benny Moré asumió para su orquesta el formato de la jazz band , y la guio y la nombró con un sabor cubano que sigue honrando y alegrando a la nación. Para actuar en Cuba ¿no sería impertinente algo que, gestado en el país y emplazado en él aunque aspirase a hacerlo también en el exterior, se llamara Peter The Lame and His Cuban Drums? Allá quienes consideren ese bautizo más elegante y a la moda que Pedro el Cojo y sus Tambores Cubanos.
Ojalá que lo indeseable expuesto hasta aquí no pasara de enumerar engendros imaginados, sin equivalencia alguna con la realidad. Pero no hay que sentirse tan seguro de que así sea, y este artículo no pretende agotar el tema ni sentar cátedra de ningún tipo. El asunto es complejo y demanda meditación a fondo, de largo alcance. Demanda cultura.
Añádase que la convicción, abonada por la experiencia, de que las prohibiciones pueden ser contraproducentes, no autoriza a rehuir la responsabilidad de aplicar guías culturales lúcidas. Si hay desorden en un área de la sociedad, es probable que lo haya también en otras, y pertenecer laboralmente al sector cultural, e incluso gozar de prestigio artístico, no basta para garantizar que se tenga una acertada preparación cultural y una perspectiva conceptual bien orientada en ese terreno.

Luis Toledo Sande
La Jiribilla

sábado, 22 de abril de 2017

Playa Girón y el carácter socialista de la Revolución cubana




Milicianos al frente. Abril de 1961

En la madrugada del 15 de Abril de 1961 aviones de combate camuflados como si fueran cubanos bombardearon los principales aeropuertos militares de Cuba. Las agencias noticiosas del imperio informaban que se había producido una sublevación de la fuerza aérea “de Castro” y el embajador de Estados Unidos ante la ONU, Adlai Stevenson -expresión del ala más “progresista” del partido Demócrata, ¡menos mal!- trató que el Consejo de Seguridad de ese organismo emitiera una resolución autorizando la intervención de Estados Unidos para “normalizar” la situación en la isla. No tuvo respaldo, pero el plan ya estaba en marcha.
Aquel bombardeo fue la voz de orden para que una brigada mercenaria que con absoluto descaro la CIA y el Pentágono habían venido preparando durante más de un año desembarcara en Bahía de Cochinos, con el declarado propósito de precipitar lo que en nuestros días los melifluos voceros de los intereses imperiales denominarían eufemísticamente como “cambio de régimen.” En Marzo de 1960 -apenas transcurrido poco más de un año del triunfo de la Revolución Cubana- el presidente Eisenhower había firmado una orden ejecutiva dando vía libre para desencadenar una campaña terrorista en contra de Cuba y su revolución. Bajo el amparo oficial de este programa se organizó el reclutamiento de unos mil quinientos hombres (un buen número de los cuales no eran otra cosa que aventureros, bandidos o lúmpenes que la CIA utilizaba, y utiliza, para sus acciones desestabilizadoras) dispuestos a participar de la inminente invasión, se colocó a las organizaciones contrarrevolucionarias bajo el mando de la CIA (es decir, la Casa Blanca) y se crearon varias “unidades operativas”, eufemismo para no llamar por su nombre a bandas de terroristas, escuadrones de la muerte y paramilitares expertos en atentados, demoliciones y sabotajes de todo tipo. Más de tres mil personas murieron en Cuba, desde los inicios de la Revolución, a causa del accionar de estos delincuentes apañados por la el gobierno de un país cuyos presidentes, invariablemente, nos dicen que Dios los puso sobre esta tierra para llevar por todo el mundo la antorcha de la libertad (de mercados), la justicia (racista, clasista y sexista y la democracia (en realidad, la plutocracia). Lo creían antes, y lo creen todavía hoy. Lo creía el católico John Kennedy y el metodista George W. Bush. La única excepción conocida de alguien no infectado por el virus mesiánico es la de John Quincy Adams, sexto presidente de los Estados Unidos, hombre práctico si los hay, quien dijo, en memorable frase, que “Estados Unidos no tiene amistades permanentes sino intereses permanentes,” algo que los gobiernos “pitiyankees” de nuestros países deberían memorizar. (Recordar que este Adams, hijo del segundo presidente de Estados Unidos, John Adams, fue también Secretario de Estado del presidente James Monroe, y colaboró activamente en la formulación de la doctrina que lleva su nombre).
Delincuentes, retomando el hilo de nuestra argumentación, como Luis Posada Carriles -uno de los más conspicuos criminales al servicio del imperio, terrorista probado y confeso, autor intelectual, entre muchos otros crímenes, de la voladura del avión de Cubana en 1976, con 73 personas a bordo- quien hace apenas unos días fue absuelto de todos sus cargos y disfruta de la más completa libertad en los Estados Unidos. Como si eso fuera poco Washington tampoco lo extradita para que pueda ser juzgado en Venezuela, país cuya nacionalidad había adoptado durante el transcurso de sus fechorías. Barack Obama, indigno Premio Nóbel de la Paz, protege a los verdugos de nuestros pueblos hasta el final de sus vidas mientras mantiene en prisión, en condiciones que ni siquiera se aplican a un asesino serial, a los cinco luchadores antiterroristas cubanos. Gesto ignominioso el de Obama, pero que tiene un lejano antecedente: en 1962, luego de la derrota sufrida por el ejército invasor reclutado, organizado, entrenado, armado y financiado por los Estados Unidos los prisioneros que habían sido capturados por las milicias revolucionarias cubanas fueron devueltos a los Estados Unidos ¡para ser recibidos y homenajeados -sí, homenajeados- por otro “progresista”, el presidente John F. Kennedy! El fiscal general de los Estados Unidos, Robert Kennedy, para no ser menos que su hermano mayor, invitó a esa verdadera “Armada Brancaleone” de matones y bandidos a integrarse al ejército norteamericano, cosa que fue aceptada por gran parte de ellos. No sorprende, por lo tanto, que periódicamente aparezcan tenebrosas historias de atrocidades y vejaciones perpetradas por soldados estadounidenses en diversas latitudes, las últimas conocidas hace apenas un par de días en Afganistán y antes en Abu Ghraib; o que durante la Administración Reagan-uno de los peores criminales de guerra de los Estados Unidos, según Noam Chomsky- un coronel del Marine Corps y asesor del Consejo de Seguridad Nacional, Oliver North, hubiera organizado una red de narcotraficantes y vendedores de armas desde su despacho situado a pocos metros de la Oficina Oval de la Casa Blanca para financiar a la “contra” nicaragüense. No le fue tan mal a North después de estallado el escándalo: libró de ir a la cárcel y en la actualidad se desempeña en varios programas de la ultraconservadora cadena Fox News Channel. Estos episodios revelan con elocuencia el clima moral que prevalece en las legiones imperiales.
La derrota de la invasión mercenaria lejos de aplacar al imperio exacerbó aún más sus instintos asesinos: la respuesta fue la preparación de un nuevo plan, Operación Mangosta, que contemplaba la realización de numerosos atentados y sabotajes tendientes a desarticular la producción, destruir cosechas, incendiar cañaverales, obstaculizar el transporte marítimo y el abastecimiento de la isla y amedrentar a los eventuales compradores de productos cubanos, especialmente el níquel. En pocas palabras: preparar lo que luego sería el infame bloqueo integral que sufre Cuba desde los comienzos mismos de la Revolución. Huelga decirlo pero el pueblo cubano -patriótico, consciente y organizado, fiel heredero de las enseñanzas de José Martí- frustró una vez más los miserables designios de la Operación Mangosta. Al día siguiente del bombardeo aéreo del 15 de Abril, en el homenaje que el pueblo de Cuba rendía a sus víctimas, Fidel proclamaría el carácter socialista de la Revolución Cubana con las siguientes palabras: “Compañeros obreros y campesinos: esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes”. Y el 19 de Abril, en Playa Girón, se libraría el combate decisivo que culminaría con la primera derrota militar del imperialismo en tierras americanas. Latinoamérica, su respiración contenida ante esta reedición del clásico enfrentamiento entre David y Goliat, recibió con inmensa alegría la noticia de la derrota de las fuerzas del imperio, y nuestros pueblos terminaron por convencerse que el socialismo no era una ilusión sino una alternativa real. Otra historia empezaba a escribirse en esta parte del mundo. Durante aquellas históricas jornadas la camarilla contrarrevolucionaria estaba a la espera en Miami, presta para trasladarse a Cuba una vez que los invasores controlasen por 72 horas una “zona liberada” que les permitiera constituirse como “gobierno provisional” y, desde allí, solicitar el reconocimiento de la Casa Blanca y la OEA, y la ayuda militar de Estados Unidos para derrotar a la Revolución. Pero Fidel también lo sabía, y por eso su voz de mando fue la de aplastar a la invasión sin perder un minuto, cosa que efectivamente ocurrió. Parece que en Miami todavía siguen esperando.

Atilio Borón