lunes, 5 de diciembre de 2016

Fidel Castro: Un líder políticamente incorrecto




Ha sido tan inocultable la impresionante reacción de dolor y compromiso del pueblo cubano ante la muerte de Fidel que algunos medios de comunicación se han consagrado a interpretarla y devaluarla para luego vender la idea de un país minado por la incertidumbre y el desánimo, “sin referentes”. El diagnóstico y detrás la profecía que desean autocumplida: “Cuba está tan detenida en el tiempo que cualquier cambio que venga, tendrá que ser brusco para ser efectivo.”
Hasta en la psicología se han buscado explicaciones. Se ha dicho -y escrito- que la forma en que han raccionado los cubanos no es racional, que obedece a un “síndrome de Estocolmo”, se ha sugerido mendazmente que el luto es obligado porque “si alguien bebe alcohol o escucha música en el auto o en la casa, le clavan una multa equivalente a 50 dólares”, y se ha concentrado la imagen del dolor provocado por la partida del Comandante en “muchos ancianos y ancianas” como si no fueran los jóvenes los que iniciaron la consigna “Yo soy Fidel” y la gritaron atronadoramente en el homenaje de la Plaza de la Revolución.
Considerando a cubanas y cubanos como a sí mismos, los reporteros enviados a La Habana para cubrir el funeral de Fidel buscan en razones materiales – alusiones a ollas arroceras y refrigeradores- lo que para ellos es invisible. Si urgaran un poco en la historia de Cuba para saber a quién han venerado los cubanos comprenderían la verdad. Se enterarían entonces de Antonio Maceo que con un puñado de hombres y tras una guerra desvastadora no aceptó una paz sin independencia y abolición de la esclavitud, de José Martí que más que ofrecer a los obreros emigrados les fue a pedir -y obtuvo de ellos- un día de salario al mes para armar a los libertadores de Cuba, de Antonio Guiteras que cuando los embajadores de Estados Unidos mandaban en América Latina tuvo el valor de expulsar a uno de su oficina, o de Jesús Menéndez quien impuso a los monopolios norteamericanos un acuerdo único en la historia en beneficio de los trabajadores azucareros. Lógico, ninguno de esos referentes fue transmitido a través de los medios de comunicación ni se construyó a través de bienpagados columnistas del dólar.
Tal vez en la cabeza de los cubanos que dan emocionado adiós a su líder no hay un recuerdo de algo material sino victorias que lograron junto a Fidel como el regreso de los Cinco prisioneros antiterroristas condenados injustamente en Estados Unidos o la devolución del niño Elián González, a quienes en contra del sentido común el Comandante aseguró traerían de vuelta.
Es que mirándose en un espejo, buscando el clientelismo, la politiquería y la demagogia al uso en sociedades que quieren servir de ejemplo a Cuba no se van a encontrar con el Fidel que admira el pueblo cubano.
Los últimos pronunciamientos del Comandante fueron, como siempre, políticamente incorrectos. “No confío en la política de los Estados Unidos” dijo en enero de 2015; “hermano Obama”, llamó irónicamente al presidente de Estados Unidos al desnudar las intenciones de su visita a Cuba y decirle con un gesto digno de Maceo “no necesitamos que el imperio nos regale nada”, y en su último discurso ratificó su condición de comunista. No fue ambiguo ni equidistante, siempre tomó partido, fue radical, “extremista” dirían algunos, como Martí, Maceo, Guiteras, y Menéndez, y por eso está junto a ellos en el corazón de los cubanos, porque logró lo que llevó a aquellos a entregar su vida.
¿Qué agradecen entonces los cubanos cuando despiden al Comandante? Digámoslo no con las palabras de un revolucionario sino con las de un desafecto que, en un acto de honestidad que le costó terminar una entrevista en una radio de ultraderecha española, dijo lo que cualquiera que ha rendido tributo al Comandante por estos días sabe muy bien: “Cuando llegó Fidel triunfó y convirtió un país de mamboleta, de prostitutas, de tahúres y de americanos y lo convirtió en una de las naciones más importantes del mundo.”

Iroel Sánchez
CubAhora

Internacionalismo, una obra a la medida de Fidel




Operación Tributo: Fidel Castro y José Eduardo Dos Santos, rindieron la última guardia de honor.

Fue en diciembre de 1975, en el informe al Primer Congreso del Partido donde se expusieron las razones históricas, éticas y humanistas que llevaron a Cu­ba a prestar su ayuda solidaria a otros pueblos hermanos

Hasta 1975 Angola no pasaba de ser para muchos cubanos un país remoto desde donde llegaba en imágenes esporádicas la doble cara de una cruda realidad: por un lado, la belleza inigualable de una tierra pródiga en recursos naturales y, por otro, las penurias de un pueblo sumido en la más extrema pobreza.
Exquisito manjar para las potencias capitalistas, sentía en las entrañas la expoliación de sus riquezas, iniciada siglos atrás cuando mi­les de esclavos fueron enviados a trabajar, y a morir, en los cañaverales de una isla que forjó su nacionalidad con la sangre, el sudor, la va­lentía y la espiritualidad de aquellos hombres y mujeres.
Toda una generación nacida con la Re­volución fue educada en el más puro sentimiento de solidaridad hacia otros pueblos, máxime cuando de muchos de ellos se había recibido el apoyo moral y material para sobrevivir a los embates de un imperio que jamás ha aceptado a Cuba como nación libre e independiente.
En aquel entonces, no todos tenían conciencia cabal de lo que había hecho este pe­que­ño país en la ayuda directa a los movimientos guerrilleros que como pólvora se ex­pandían por el llamado Tercer Mundo, para li­brarse del yugo colonial y de las nuevas formas de dominación impuestas por el imperialismo.
Los detalles de la presencia cubana en Ar­gelia, Congo, Bolivia y Guinea Bissau consti­tuyeron un secreto celosamente guardado, no solo por las autoridades sino por los cientos de combatientes que participaron en aquellas jor­nadas gloriosas, cuando resplandeció con luz propia el ejemplo de Ernesto Che Gue­vara.
Fue, precisamente, en diciembre de 1975, en el informe al Primer Congreso del Partido presentado por su primer secretario Fidel Cas­tro Ruz, donde se expusieron las razones históricas, éticas y humanistas que llevaron a Cu­ba a prestar su ayuda solidaria a otros pueblos hermanos.
Se refería, en específico, al hecho más re­ciente: la decisiva participación de los com­batientes internacionalistas cubanos, junto a los patriotas del Movimiento Popular para la Li­beración de Angola (MPLA) en los acontecimientos que impidieron fuera escamoteada la proclamación de la independencia de ese país.
Un extenso reportaje escrito por el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, bajo el título de Operación Carlota, narraba en esa época los detalles y las peripecias del traslado, por vía aérea y marítima, del contingente militar que acudió en auxilio de la naciente república.
«Me voy de maniobras para Camagüey…», fue uno de los tantos pretextos usados por los oficiales y soldados al despedirse de los seres que­ridos, convencidos de que ya, a esas alturas, el socorrido engaño poco efecto surtiría, pues el secreto era patrimonio exclusivo de to­do el pueblo cubano.
A quienes sí sorprendió fue a los estrategas del Pentágono y a los altos cargos de la Agen­cia Central de Inteligencia, quienes con su ha­bitual prepotencia jamás imaginaron que una isla del Caribe, pudiera asumir tan colosal empresa a miles de kilómetros de sus costas y, lo que es mejor, llevarla a feliz término.
Apenas sin recuperarse de la larga travesía, los combatientes internacionalistas ocuparon trincheras codo con codo con los soldados an­golanos y se llenaron de gloria en Quifan­gon­do, Cabinda, Ebo y en una elevación que por el heroísmo de los hombres que la defendieron recibió el nombre de Primer Congreso del Partido.
Luego vendrían los golpes demoledores en los frentes Norte y Sur, las noticias de los mercenarios capturados, los partes de las masacres perpetradas por el enemigo en su retirada de ciudades y poblados, la desbandada final de las tropas sudafricanas y la firma de un acuerdo que pronto los racistas se encargaron de violar.
Las proezas de aquellos combatientes en­gendraron un profundo sentimiento de orgullo en el seno del pueblo cubano, que comenzó a hacer suya cada victoria de los patriotas angolanos en su lucha por la definitiva independencia ante los no ocultos intereses geopolíticos del régimen del apartheid.
Una generación de jóvenes cubanos creció en ese ejemplo, enriquecido en los años ochen­ta del siglo pasado con las páginas de heroísmo escritas por los defensores de Sumbe y Can­gamba, quienes en condiciones totalmente adversas supieron poner en alto el nombre de Cuba.
Los internacionalistas cubanos pusieron en riesgo sus vidas por conquistar la libertd de otros pueblos. Foto: Ricardo López Sánchez
Así ocurrió a partir del segundo semestre de 1987, cuando el nombre de un diminuto enclave en la parte suroriental de Angola, relativamente cerca de la línea estratégica que cu­brían las tropas cubanas, comenzó a acaparar la atención de los principales medios de prensa del mundo: Cuito Cuanavale.
Ante la compleja situación creada para las fuerzas patrióticas en esa zona apartada de la geografía angolana, una vez más se hizo presente el apoyo de la isla caribeña, cuyas autoridades, el 15 de noviembre de 1987, acordaron enfrentar el reto y dar una respuesta contundente a la altura de las circunstancias.
Con ese propósito, mientras se resistían unos tras otros los ataques de los racistas su­dafricanos en Cuito Cuanavale, arribaron a An­­­gola decenas de unidades enviadas desde Cu­ba en la Operación XXXI Aniversario de las FAR, para conformar a partir de entonces un frente común junto a los angolanos y na­mibios.
El refuerzo, que elevó a más de 50 000 la cifra de efectivos cubanos en el teatro de operaciones con un incremento sustancial en el número de medios blindados y antiaéreos, cons­tituyó una fuerza realmente impactante si a ello se suma la elevada moral combativa de sus integrantes.
Tal disuasivo militar, a la larga, cumplió su cometido, cuando en Pretoria se percataron de que no era juego lo que les venía encima. Nada pudo impedir el avance del contingente internacionalista por el flanco suroccidental has­ta expulsar a los invasores del territorio an­golano.
No se equivocó el Comandante en Jefe, como principal estratega de la contienda: «La idea, sentenció, era frenarlos en Cuito Cua­na­vale y golpearlos por el suroeste», en lugares sensibles, verdaderamente estratégicos, cual implacable derechazo de Teófilo Stevenson, el mítico multicampeón olímpico de boxeo.
Desde el aire, los valerosos pilotos cubanos cerraron con broche de oro tan brillante epopeya, cuya eficacia quedó inscripta para la posteridad en una de las paredes del complejo hidroeléctrico de Calueque, a solo 15 kilómetros de la frontera con Namibia: MIG-23 nos partieron el corazón.
Al adversario no le quedó otra alternativa que reconocer a regañadientes la derrota y sentarse definitivamente en la mesa de negociaciones, muchas veces interrumpidas o dilatadas por su arrogancia y prepotencia, hasta que el 22 de diciembre de 1988 se firmaron los acuerdos entre Cuba, Angola y Sudáfrica.
Ese día, en la sede de la Organización de Naciones Unidas en Nueva York, se establecía el 1ro. de abril de 1989 como fecha de inicio de la aplicación de la Resolución 435/78 para la independencia de Namibia, decisión que marcaría un cambio radical en el curso de la historia del cono sur africano.
Logrado este paso, los gobiernos de Angola y de Cuba acordaron, en el mismo lugar, el calendario en etapas para el repliegue de las tropas cubanas hacia los paralelos 15 y 13, y el regreso gradual a la patria del contingente in­ternacionalista, definido hasta el 1ro. de julio de 1991.
Cinco semanas antes de tal fecha, en la no­che del 25 de mayo, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz recibía en el aeropuerto José Martí, de Ciudad de La Habana, a los últimos combatientes cubanos que permanecían en Angola, encabezados por el general de brigada Samuel Rodiles Planas.
Días más tarde, el parte de Raúl a Fidel es­tremeció a todos los reunidos en la ceremonia oficial de bienvenida en el mausoleo de El Ca­cahual. «La Operación Carlota ha concluido», dijo con voz grave y segura en medio de la so­lemnidad reinante, como para que lo escuchara el mundo entero y más allá si era posible.
En cinco palabras resumía toda una colosal hazaña que se prolongó durante 15 años y siete meses, y donde Cuba se erigió como símbolo de solidaridad militante, lealtad a los principios, seriedad ante los compromisos y dignidad sin claudicaciones frente a los enemigos de siempre.
El entonces Ministro de las FAR no dudó un segundo en mencionar al artífice de tan colosal victoria: «La gloria y el mérito supremo pertenecen al pueblo cubano, protagonista verdadero de esa epopeya que corresponderá a la historia aquilatar en su más profunda y perdurable trascendencia».
Las cifras hablan por sí solas: más de 380 000 soldados y oficiales montaron guardia o pe­learon junto a los pueblos de África, a los que se unen otros 70 000 que ejercieron como colaboradores civiles en diferentes ramas de la producción y de los servicios. De ellos, 2 077 ofrendaron sus vidas a la causa de la libertad.
Los combatientes regresaron solo con sus muertos y con el agradecimiento de millones de personas dignas de este mundo, en especial de los pueblos de África. Nada ni nadie podrá borrar jamás sus proezas en lo que constituyó, al decir del intelectual Piero Gleijeses, un no­ble y justo final para una historia digna de orgullo.

Miguel Febles Hernández | febles@granma.cu

Palabras del General de Ejercito Raúl Castro Ruz en #TributoaFidel Santiago de Cuba


sábado, 3 de diciembre de 2016

Cuba (y Fidel y el Che) en América Latina




Sesenta años de influencia

Ningún proceso político marcó la región latinoamericana con huella tan profunda como la revolución cubana. Ni las revoluciones indias de Túpac Amaru y Túpac Katari, ni la revolución negra en Haití. Ni siquiera la potente revolución mexicana de Villa y Zapata o la casi desconocida revolución boliviana de 1952. Lo sucedido en Cuba electrizó al continente. Consiguió imantar la vida política en dos poderosos polos que, en resumidas cuentas, se decían anti y pro imperialismo.
Quien revise la prensa de la época, como el semanario Marcha –donde escribían Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti y que estuvo dirigido por Eduardo Galeano–, podrá detectar la polarización que se registró entre sus lectores. Pero, sobre todo, el apasionamiento en la defensa de la revolución, pilotada por jóvenes que esgrimían argumentos sencillos y contundentes, que hablaban sin vueltas y lanzaban invectivas al imperio que pocos se habían atrevido a pronunciar antes.
La influencia del Che y de Fidel en América Latina tuvo la fuerza de un maremoto entre los más jóvenes, que descubrían que se podía hacer política de otro modo, sin dobleces ni retóricas va­cías; que se podía decir pan al pan y vino al vino, algo que las élites de la época habían olvidado en el tan largo como inútil ejercicio del poder.
Hacia comienzos de la década de 1960, la región había girado hacia la izquierda, primero en el terreno de la cultura, poco después en la política. De modo que había un clima favorable para aceptar la realidad de una Cuba revolucionaria, que enseñaba que el camino de la acción directa era más fecundo que las decepcionantes liturgias electorales que replicaban una y otra vez los partidos comunistas. La revolución cubana interpeló las estáticas estrategias comunistas, razón de más para entusiasmar a una juventud estudiantil ávida de acciones callejeras desafiantes para las oligarquías.
La revolución cubana fue llama que pretendió incendiar el continente. Del 3 al 14 de enero de 1966 se reunió la Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina en La Habana, conocida como Tricontinental, que albergó fuerzas revolucionarias de 82 países. La proclama de la conferencia mostraba un tono optimista: “La situación mundial favorece el desarrollo de la lucha revolucionaria y antiimperialista de los pueblos oprimidos”.
Defendía la lucha armada como el principal método para derrotar al imperialismo. Eran los años de la guerra en Vietnam, pero también de las luchas armadas en Venezuela, Guatemala, Perú, Colombia; y, en África, del despliegue de las guerras anticoloniales en Guinea, Mozambique, Angola y Congo. Estaban frescas aún las victorias en Argelia y en Dien Bien Phu ante el colonialismo francés. La Conferencia de Bandung (1955) que alumbró el movimiento de paí­­ses no alineados, del cual Cuba fue participante, mostraba un mundo en rápida transformación.
En 1967 se fundó la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) en un encuentro en La Habana, que albergó a casi toda la izquierda de la región. Fidel clausuró el encuentro marcando distancias con los partidos comunistas: “Nadie se haga ilusiones de que conquistará el poder pacíficamente en ningún país de este continente, nadie se haga ilusiones; y el que pretenda decirles a las masas semejante cosa las estará engañando miserablemente”.
En su crítica a los comunistas ortodoxos fue más lejos: “Hay veces que los documentos políticos llamados marxistas dan la impresión de que se va a un archivo y se pide un modelo; modelo 14, modelo 13, modelo 12, todos iguales, con la misma palabrería, que lógicamente es un lenguaje incapaz de expresar situaciones reales. Y muchas veces los documentos están divorciados de la vida. Y a mucha gente le dicen que es esto el marxismo... ¿Y en qué se diferencia de un catecismo, y en qué se diferencia de una letanía y de un rosario?”.
En los años siguientes a la crea­ción de la OLAS se produjo un viraje profundo, en la isla y en toda la región. En octubre de ese año murió en combate el Che en Bolivia y se palparon los límites del movimiento armado. En 1968 se produjo la masacre de Tlatelolco en México. La anunciada cosecha de los diez millones de toneladas de caña de azúcar se saldó con un fracaso que llevó a la dirección cubana a acercarse a las posiciones “realistas” de la URSS. A principios de los 70 la potencia del movimiento revolucionario, tanto en el campo como en las ciudades, mostraba fragilidades y derrotas. En 1970 Salvador Allende ganó las elecciones y se convirtió en el primer presidente marxista en llegar al gobierno por la vía electoral.

El realismo

El realismo enterró los sueños de asaltar el poder. Sin embargo, la revolución cubana se mantuvo en el imaginario latinoamericano como una referencia ineludible, pese a los errores y los fracasos, a la restricción de las libertades y a no haber alcanzado nunca el desarrollo económico de otros países de la región.
Encuentro tres razones principales para que este fervor por Cuba (por Fidel y el Che) se haya mantenido en el tiempo.
Una: el apoyo irrestricto de la dirección cubana a las izquierdas latinoamericanas que, en el acierto o en el error, buscaban la revolución. Fue en ese periodo cuando la estrella cubana comenzó a brillar en el firmamento rebelde de la juventud latinoamericana y se fraguó el compromiso cubano con América Latina. La muerte del Che confirmaba esta vocación desde una ética del sacrificio y del ascetismo.
Dos: Fidel y los demás dirigentes cubanos cometieron errores, y algunos horrores, pero nunca se corrompieron, nunca vivieron como burgueses.
Tres: Cuba es solidaria como nunca nadie lo ha sido con los latinoamericanos. Los miles de médicos que trabajan en Haití, donde Cuba no espera cosechar nada para ella, o las decenas de miles de pobres operados gratuitamente de la vista por oculistas cubanos, están ahí como testimonio de una revolución que no los defraudó. Solidaridad que no pide nada a cambio.

Raúl Zibechi, analista y responsable de Internacional en el semanario uruguayo ‘Brecha’

jueves, 1 de diciembre de 2016

Fidel o Trump: la vida o la muerte




En Cuba decimos que “a palabras necias oídos sordos”, sin embargo en estos días de recordación y homenaje, traspasan más allá de este órgano auditivo cualquier insulto a la memoria de nuestro líder histórico. Máxime cuando provienen, no desde el odio o el rencor propio, sino desde la arrogancia, por la reproducción irresponsable de la impotencia de los que nunca pudieron -ni podrán-, matar su liderazgo y su ejemplo, en la Patria de Martí, en Latinoamérica y en todo el Sur Político.
Fidel Alejandro Castro Ruz fue un estadista como no abundan en estos tiempos y así lo valoraron durante sus años en ejercicio, hasta sus propios adversarios. El actual presidente Barack Obama dijo en estos días: “La historia guardará y juzgará el enorme impacto de esta figura singular en la gente y en el mundo” [1]. Sanders, el mejor candidato a estadista que ha podido producir la sociedad estadounidense para su propio bien, respaldó las declaraciones de Obama y reconoció en 1985 que “Fidel Castro educó a los niños, les dio salud, transformó la sociedad”; ¿cómo entonces el aborrecible Trump -quien reúne todas las características del antipresidente, y anti político-, el peor candidato a presidente del Imperio, osa valorar su estatura, y de tal manera? [2]
Se hace evidente el desconocimiento de Cuba y de Fidel que tiene el futuro presidente. Pero no es para menos, con los asesores o clientes que se ha buscado, los “congelados integrantes de la “Asociación de Veteranos Brigada 2506”. ¿Sabrá el magnate que la mayoría de los integrantes de la brigada de mercenarios eran defensores y lacayos del “brutal dictador “que si fue Fulgencio Batista, quien llegó por primera vez al poder mediante un golpe militar el 15 de enero de 1934 y repitió “la jugada” el 10 de marzo de 1952, con el beneplácito del gobierno de los EE. UU.?
Tal vez el multimillonario ignore -oprimido por la “libertad de prensa” que le impuso la historia de la “isla totalitaria”- que Fidel no asaltó al poder desde la Sierra, fue el tercer presidente después del Triunfo de la Revolución y renunció al cargo en dos ocasiones: al de Primer Ministro en el verano de 1959 -luego de ser nombrado en el cargo por el Decreto No. 563 del primer Presidente de la República, Manuel Urrutia Lleó- y al de Presidente del Consejo de Estado y de Ministros en febrero del 2008, por problemas de salud. Que como Primer Ministro del Gobierno Provisional mantuvo el apoyo mayoritario de la población cubana, que tuvieron como expresiones contundentes el reclamo popular para su retorno después de aquella renuncia como Primer Ministro, las dos declaraciones de La Habana (1960 y 1962) y la de Santiago de Cuba (1964).
Si Trump tuviese cabeza para leer más de 140 caracteres, podría informarse que, después de aprobada la Constitución de la República en 1976 con la participación del 98 % de los 5.717.266 que fueron convocados y la aprobación del 97,7% (5.473.534); Fidel fue electo presidente del Consejo de Estado por la inmensa mayoría de los miembros de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Que desde 1993 hasta el 2008 tuvo que ser aprobado primero como diputado por el voto directo en una circunscripción santiaguera, como miembro del Consejo de Estado por los diputados y luego como presidente por este órgano colegiado; siempre con más del 98 % de los que votaban en cada instancia.
¿Qué derecho supranacional se atribuye “el elegido”, para opinar sobre el sistema político de Cuba o para defender su pueblo de la supuesta tiranía?
¿De qué libertad habla Trump? ¿Acaso la de acudir el 1% con la libertad de comprar y el otro 99 % con la libertad y el derecho de vender su fuerza de trabajo? ¿Será democrático que la mayoría del pueblo estadounidense que votó por Hillary Clinton sea gobernada por el otro candidato con 1,7 millones de votos populares menos que la demócrata? ¿Qué retroceda en la normalización de las relaciones entre EE. UU. y Cuba, cuando más de la mitad de sus compatriotas apoya los avances alcanzados?
¿Quién lo mandato para hablar en nombre de los cubanoamericanos de La Florida? ¿No se habrá informado que en las tres ciudades donde viven la mayor cantidad de cubanoamericanos ganó su oponente Hillary Clinton? En Miami Dade -la principal guarida de la Asociación de Veteranos y donde se retuercen en lo más profundo por la imposibilidad para siempre de asesinar al líder cubano-, la demócrata le sacó el doble de los votos.
No sabe Trump -o no “le da la cuenta” aceptar- que Fidel -por defender valores-, fue también defensor de los valores que los alarmados “liberales” estadounidenses auguran peligrar con su llegada a La Casa Blanca. Tal como lo señalara, ya en febrero de 1957, el editorialista de The New York Times Herbert L. Matthews: “Sus ideas de libertad, democracia, justicia social, necesidad de restaurar la constitución, de celebrar elecciones, están bien arraigadas”.
Sus asesores de la 2506, tal vez no le contaron al candidato del Ku Klux Klan, que el Eterno Comandante en Jefe en su primera visita a su país, fue acogido con júbilo en el histórico barrio afroestadounidense de Harlem, y compartió allí con los pobres del ghetto, el líder por los derechos civiles Malcolm X y los poetas Langston Hughes y Allen Ginsberg. Ni que a donde llegaba se “ganaba el show” con su hablar pausado y sus oportunos e inteligentes comentarios.
Tal vez desde su alta y lujosa torre, el millonario no ha caído en la cuenta, de que Fidel fue mucho menos Castro que lo que él ha sido un Drumpf. En la terrenal verdad de que “El Guerrillero del Tiempo” se hizo conocido no solo por enfrentar a 11 presidentes del Imperio, sino también por luchar incansablemente por la causa de los pobres en cualquier rincón del mundo y en eso fue por siempre un vencedor. Que por ello, ante el desastre humano causado por el huracán Katrina, ofreció mil 600 médicos, hospitales de campo y 83 toneladas de material médico; una ayuda solidaria rehusada por el presidente republicano George W. Bush.
Parafraseando la respuesta del líder histórico de la Revolución Cubana a la revista Playboy en 1985 y recordada hace unos días por el New York Times [3]: Si el poder de Trump “incluye algo tan monstruosamente antidemocrático como la capacidad de ordenar una guerra termonuclear”, ¿Quién será más dictador: el presidente de los Estados Unidos o el de Cuba?
El estadista cubano se adelantó en la Cumbre de Río de 1992 de los peligros para la especie humana del cambio climático, Trump considera -a estas alturas- que los informes científicos que así lo avalan, son puros inventos.
En resumen, el insider de la dictadura del mercado no tiene moral para calificar al líder de la dictadura del humanismo. Como defensor del Capitalismo seguirá siendo un defensor de la muerte y Fidel será por siempre un guerrillero por la Globalización de la Solidaridad, y la Glocalización de la Vida.

J. A. Téllez Villalón

Notas:

1.http://cnnespanol.cnn.com/2016/11/26/esto-es-lo-que-dijo-barack-obama-sobre-la-muerte-de-fidel-castro/
2.http://cnnespanol.cnn.com/2016/11/26/lo-que-dijo-donald-trump-tras-la-muerte-de-fidel-castro/
3. http://www.nytimes.com/es/2016/11/26/fidel-castro-lider-de-la-revolucion-cubana-y-simbolo-de-la-izquierda-muere-a-los-90-anos/

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Raúl Castro: ¡Hasta la victoria siempre, Fidel!




Con motivo del fallecimiento del líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, la Mesa Redonda transmitirá hoy a las 7:00 pm por el canal Cubavisión, Cubavisión Internacional, Radio Habana Cuba y el canal en Youtube de la Mesa Redonda una emisión especial del programa.

¡Hasta siempre querido Comandante!

En Memoria de Fidel

Supe de él desde muy pequeño. Quizás tendría cinco o seis años. Mi padre, telegrafista trabajaba entonces en las noches frías de aquel pueblito olvidado. Ese fue el tiempo de la guerra con nuestro cercano vecino. Vivíamos en La Esperanza. Quizás por la altura, las ondas hertzianas de Radio Habana llegaban muy bien. Mi padre había comprado una radio con tocadiscos, que ahora conservo como reliquia familiar. Este tenía tres bandas: MW, SW1, SW2. Mi padre le había puesto un largo alambre que serpenteaba por las altas paredes de adobe de aquella vieja casa, hasta salir al corredor. Era impresionante escuchar en su única bocina radios de lugares lejanos que no podíamos imaginar, Francia, Moscú, Londres. Entre estas, una de las favoritas era la radio insignia cubana. Así conocimos a Fidel.
Los discursos de aquel hombre nos impactaron. Su palabra encendida, las verdades dichas de aquella manera, la forma en que desnudaba al crimen y los problemas más acuciantes de esa época no daban lugar a dudas. Era un líder diferente. Se atrevió en aquel tiempo a pensar y actuar en contra de los poderes establecidos y triunfó. La coherencia entre lo que decía y hacía marcó su existencia. El valor de la verdad como política de estado fue el cimiento mas fuerte con el que construyó la relación con su pueblo y, a su vez, la fortaleza de estos para enfrentar los más difíciles retos a los que, sociedad alguna, le haya tocado durante tanto tiempo: desafiar al más grande imperio de la tierra. David contra Goliat.
Sin dudas, el otro valor que Fidel desarrolló, difundió y que ha caracterizado a Cuba y a su pueblo en su historia moderna es la solidaridad. Cuba ha dado una lección sin par en el mundo. Una pequeña isla del caribe, inundando de amor a los pueblos pobres del mundo. El ejército de hombres y mujeres con sus batas blancas llevando un poco de lo que ellos mismos disfrutan desde la revolución: la salud como derecho fundamental de cualquier ser humano. La verdad y la solidaridad son la rosa blanca de la que nos habló Martí en sus hermosos versos y que pudimos comprobar en nuestro país con el Fifí en 1974 y a partir del Mitch en 1998, hasta nuestros días, solo posible por la voluntad y la solidaridad de Fidel y la revolución.
Con el tiempo, dejamos La Esperanza y nos venimos a Tegucigalpa. Según nuestros padres, para que pudiéramos tener una mejor educación. Viendo hacia atrás en el tiempo, cuanta razón tuvieron en tomar esa difícil decisión. La educación pública en Honduras se degrada cada vez mas, para desgracia de nuestro pueblo. En Cuba en cambio, logra los más altos estándares a nivel mundial. ¡Cuanta razón tuvo Fidel en hacer todo el esfuerzo posible para educar a su pueblo! No hay razón que legitime la ignorancia en el nuestro.
Una vez en Tegucigalpa, seguimos encontrando las referencias de aquel gigante que continuaba librando batallas y escribiendo páginas gloriosas en la historia de los pueblos del mundo. Las impresiones, venían con la carga de los hechos detrás. Si el río suena, es que piedras trae dice el dicho popular. Nos debatíamos entre las mentiras diarias de los medios y las verdades a las que podíamos acceder por la onda corta. Aprendimos así a leer entre líneas y a discernir la verdad de la mentira. De la mano de Fidel pudimos contrastar las vertientes que alimentaban a los medios y los intereses que se escondían en sus diatribas. De igual manera entendimos la deuda y los inmorales compromisos a los que sometían a nuestros pueblos: la nueva esclavitud. Supimos que la religión, la verdadera, no era incompatible con la revolución, pues los unía la solidaridad y la búsqueda de la justicia.
Fue poco a poco, a golpe de verdades que Fidel se fue constituyendo en el guía, en el comandante más grande que la historia de nuestros pueblos ha tenido. En una estrella que guiaba no sólo a su pueblo, sino a los pueblos sojuzgados del mundo. Fidel lo dijo cuando alguien se lo preguntó, “…mi chaleco es moral…” ¿Cuántos de nuestros líderes pueden decir lo mismo, sin ser simple retórica? La coherencia es un bien en peligro de extinción. El cinismo y la ambición sustituyeron los valores fundamentales que hoy Cuba sigue enarbolando con orgullo, gracias a Fidel.
Más allá de las virtudes del gran estadista, del visionario, del estratega militar y político, Fidel fue sin dudas, una persona con una sensibilidad muy desarrollada y especial. Seguro que no habría sido lo que fue, sin esta cualidad tan escasa hoy en día. Sus fotografías son testigos de esa virtud. La ternura que muestran las impresiones gráficas sólo prueban el amor por su pueblo, la convicción de su compromiso y el temple de un líder que se forjó en la lucha por devolver la dignidad y las esperanzas que el capitalismo arrebató a la gente común. Además a un ser humano que pese a sus responsabilidades, nunca se separó de su pueblo y de las cosas más sencillas que le llenaban su enorme corazón.
Mis hermanas y hermanos tomaron sus caminos. Aunque cada quien con su propia historia, seguimos manteniendo los principios que nuestros padres nos inculcaron. La verdad, la justicia, la solidaridad. Nos preguntamos de donde venían esos valores. Aunque no lo hayamos hablado, seguro coincidimos en que uno de nuestros guías fundamentales además de ellos, ha sido Fidel y la revolución cubana. Algunos tuvieron la suerte de conocerle personalmente. Una de mis hermanas tuvo la oportunidad de conversar con él y estrecharle su mano durante un encuentro continental de mujeres. Mi madre, también pudo verlo de cerca, a pocos metros. Nos contó que en un acto público en La Habana, ella casi quería salirse de la valla para ir a saludarlo, pero al final, se contuvo. Mi cuñada Karen tiene una foto que se tomó con él en una visita que mujeres solidarias hicieron a Cuba hace un montón de años y la tiene con mucho orgullo en su mueble en New York. Mi compañera también estrechó su mano y sintió su bondad y su tierna energía. Nuestra recordada y querida compañera Gladys incluso se tomó una foto con él. Estaba orgullosa de ella. Ambos con una hermosa sonrisa y una mirada cómplice de quienes se saben, trabajando por la justicia. Nuestro hermano adoptado grabó los discursos para llevárselos a su tío en Chiquimula.
Yo, apenas puedo conformarme con haberle visto a través de los noticieros, los videos, leer sus escritos y admirarle en silencio. Me quedo con la ilusión de que Fidel haya visto o leído hace siete años, en el boletín electrónico Rebelión, un artículo que escribí dos días antes del golpe –en el que presagiaba el crimen y la maldad de las fuerzas ocultas y los demonios que hoy andan sueltos en nuestra patria-. Si así fue, será el honor más grande de mi vida. Sino, me queda la gran satisfacción que compartí la portada de ese boletín con un escrito del Comandante Fidel.
Ahora que nos llegó la noticia de su irreparable pérdida, nos ponemos a pensar sobre la gente en Cuba. La emoción nos embarga y escuchando a Silvio no podemos evitar se nos rueden las lagrimas. ¿Cómo no echar de menos a un ser tan excepcional? ¿cómo no sentir dolor por aquel que vivió la máxima del Che, de sentir cualquier injusticia, cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo? Y no sólo la sintió y la vivió, sino que hizo lo que pudo en consecuencia para acabar con ellas. ¿cómo no sentir dolor por quien hizo posible sueños, devolvió la esperanza por un mundo mejor, sin exclusiones, ni privilegios? ¿cómo no sentir dolor por la partida de quien inspiró procesos, motivó utopías y movilizó multitudes? ¿Cómo no sentir simpatía por quien desafió y triunfó frente al más grande imperio de la tierra?
Pensamos también en toda esa gente pequeña, que habita en los rincones más empobrecidos de nuestro país. En aquellos que recibieron atención digna con los médicos cubanos. Quizás muchos no sepan quien fue Fidel, pero seguro les puede parecer extraña, pero buena, la forma en que los tratan esas doctoras y especialistas. Es posible que se pregunten de donde salieron y por qué son tan amables. Si les dicen, son cubanas o cubanos, quizás ni idea tengan donde queda ese país, pero es bastante probable que sí sepan diferenciar. Por eso, cuando llegan a la sanidad o al Hospital Escuela, ahora extrañan que ya no estén. Porque cuando estaban, las filas en sus cubículos eran interminables. Fidel también hizo posible, no sólo que tuviéramos la posibilidad de contar con ellas y ellos, sino de que los nuestros se formaran en Cuba para cambiar esa odiosa realidad de la práctica médica en nuestro país.
Esa realidad que queda clara cuando hay desastres nacionales. Para muestra, un botón. Las y los médicos cubanos, desde el Mitch, vieron más de 29 millones y medio de casos, realizaron casi 800 mil cirugías, entre ellas, casi 160 mil mayores de un riesgo considerable y atendieron mas de 175 mil partos, entre otras importantes actividades. Todo esto resultó en un estimado de más de 251 mil vidas salvadas. Todo eso lo hicieron apenas 2,153 colaboradores cubanos. La ELAM por su parte ha graduado centenares de profesionales de la medicina de Honduras de forma gratuita. Cada beca le cuesta al pueblo cubano aproximadamente diez mil dólares por año. Lo mejor de todo es que son médicos de ciencia y conciencia como les llamó Fidel. Estos han renovado el juramento hipocrático para devolverle la dignidad a este sufrido pueblo. Digna lo confirmó en Ciriboya al contarnos que eran muchos milagros para su pueblo Garífuna, con los médicos cubanos primero, el hospital después y sus propios hijos, graduados de médicos en Cuba. Esto durante el maravilloso acto de inauguración del primer hospital Garífuna, fruto del esfuerzo de ese pueblo aguerrido, del gobierno y pueblo cubanos y de la solidaridad de los sindicatos de California. Luther, pionero de aquel esfuerzo, es testigo de esa obra maravillosa.
Hoy no podemos pensar a Cuba sin pensar en Fidel y no podemos pensar en Fidel sin lo que es hoy Cuba. Y es que el compromiso de Fidel y los revolucionarios cubanos devolvieron a Cuba su respeto y su dignidad. La revolución transformó profundamente la historia cubana, latinoamericana y mundial para siempre. Sin lugar a dudas Fidel fue un visionario que se adelantó a su tiempo. La fortaleza de Cuba en la educación, en las ciencias, en la biomedicina, en la cultura, en el deporte, en fin, no sería posible sin Fidel y la revolución.
Nos queda el dolor de su partida, la alegría de haberle conocido a través de sus incontables obras y la certeza de que vivirá por siempre en su pueblo, en nuestro corazón y en el de millones de seres humanos que en todo el mundo, admiran y siguen su ejemplo. Nos queda el privilegio de acompañar a su familia, que es hoy todo el pueblo cubano. En estos tiempos en que nos debatimos en una tremenda frustración, en una sociedad destruida por la falta de solidaridad, de la verdad como premisa fundamental y de la falta de guía ética y revolucionaria, nos queda la responsabilidad de asumir su legado y continuar sus ideales. Hart Dávalos dijo que la característica que mas resalta y define a Fidel es su pensamiento ético, ese que nos falta tanto hoy en día.
El acecho continuará sobre Cuba que seguirá siendo lucero del continente y del mundo. Nos toca a quienes amamos a ese país y su pueblo, continuar e incrementar la solidaridad para defenderla de la perversidad y la barbarie que hoy está en contra de cualquier modelo que sea independiente y digno.
Ahora que miro su foto en el monte Turquino, con su mochila, su fusil, su uniforme, las botas gastadas, y su frente en alto, mirando al porvenir, me lo imagino en otra dimensión, siempre dispuesto a batirse contra la arbitrariedad, la injusticia y el crimen. Ahora junto al Che, a Camilo, con Allende, con Celia y Haydee y tantas y tantos que dieron su vida, siguiendo su ideal de justicia y dignidad para su pueblo.

¡Rindamos honores al Comandante Fidel Castro!

¡Gloria al camarada Fidel!

¡Hasta la Victoria Siempre, Comandante Fidel!

Guido Eguigure