lunes, 24 de julio de 2017

Se revelan planes de exploración petrolera en Cuba

Melbana Energy es una de las pocas compañías petroleras con una presencia establecida en un campo cubano que podría tener más de 600 millones de barriles de petróleo.
Las enmiendas a un plan de trabajo para activos petroleros cubanos abren la puerta para la perforación de pozos de exploración en el primer semestre del próximo año, dijo la australiana Melbana Energy.
Melbana es una de las pocas compañías petroleras occidentales, y la única que cotiza en el mercado australiano, con una presencia en Cuba. La compañía petrolera nacional de Cuba, CUPET, extendió su contrato el año pasado para esfuerzos de exploración temprana en el Bloque 9 por ocho meses, hasta noviembre de 2017.
A pedido de Melbana, la empresa cubana modificó nuevamente el programa de trabajo debido a las evaluaciones de datos.
“El modificado programa de trabajo de producción compartida del bloque 9, aprobado por CUPET, ahora está alineado con el objetivo declarado de Melbana de acelerar la perforación de hasta dos pozos de exploración en el muy prometedor Bloque 9”, dijo el director general Peter Stickland en un comunicado.
Trabajando en su contrato del Bloque 9 en tierra, la compañía estimó el año pasado que su programa cubano contiene 637 millones de barriles de reservas prospectivas recuperables. La compañía dijo en junio que una visita al lugar reveló que sus sitios Alameda y Zapato eran alentadores, accesibles y listos para perforar durante la primera mitad del próximo año.
En conjunto, la compañía dijo que estos dos activos tienen un total de 201 millones de barriles recuperables de petróleo. En una reciente presentación, Melbana dijo que a poca profundidad el bloque 9 es una perspectiva prometedora y hay “múltiples” plataformas de perforación ya en operación.
La compañía estimó que su campaña de perforación para el 2018 costaría unos 30 millones de dólares en su momento álgido y ahora está en el proceso de una evaluación detallada de los contratistas. Tenía cerca de $ 2,7 millones en efectivo disponibles el 31 de marzo.
La empresa cuenta con personal en el país que trabaja para involucrar a firmas consultoras acerca del potencial futuro.

Daniel J. Graeber
Progreso Semanal

Los militares y las cuentas

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, repitió recientemente un latiguillo sobre el cual su país insiste hace años: que el 60 por ciento de la economía cubana se gesta en el Grupo de Administración Empresarial Sociedad Anónima, un holding paramilitar de empresas que el nuevo ocupante de la Casa Blanca pretende destruir.
Es sólo un edificio entre tantos, ni siquiera de los más llamativos que se alinean junto a la avenida del Puerto, en La Habana. A lo sumo, alguno de los pocos vecinos de la zona podrá recordar que fue construido a mediados de la década de 1950 para alojar la jefatura de la Marina de Guerra; los guías turísticos, en tanto, tal vez ni lo noten, ocupados en conducir a sus clientes hacia las cercanas y fotogénicas plazas del centro histórico.
Sin embargo, tras sus ventanas ahumadas se toman muchas de las decisiones fundamentales en Cuba. Se trata del complejo donde radica la gerencia general del Grupo de Administración Empresarial Sociedad Anónima (Gaesa). De acuerdo con las declaraciones que Trump hizo hace algunas semanas ante un histérico auditorio anticubano de Miami, en Gaesa confluyen los hilos que mueven alrededor del 60 por ciento de “la economía comunista”. De inmediato, medios de prensa de todo el mundo se apresuraron a replicar al presidente estadounidense.
Para William M LeoGrande, profesor de la Facultad de Asuntos Públicos en la Universidad Americana de Washington, “incluso una revisión superficial de la composición del producto bruto interno de Cuba demuestra que ese ‘hecho’ es absurdo”. Sus indagaciones le han permitido encontrar el “nacimiento” de tal sinsentido allá por febrero de 2004, cuando The Miami Herald adoptó la premisa de que “las fuerzas armadas cubanas han asumido hasta el 60 por ciento de la economía de la isla”. Para avalarla, ese rotativo citaba al “Proyecto de Transición de Cuba, del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami, un proyecto financiado por el gobierno estadounidense”.
De ahí en adelante la historia ha ido cobrando cuerpo, repetida siempre con un marcado sesgo político que busca presentar al gobierno de La Habana como una dictadura militar. Mientras, el propio LeoGrande y otros analistas alejados de las posiciones de izquierda coinciden en otorgar a Gaesa una preeminencia mucho menor a la que repiten Trump y sus adláteres. Sus ingresos (las estimaciones rondan en torno a los 3.500 millones de dólares) “representan el 21 por ciento del total de ingresos en divisas de las empresas estatales y del sector privado, el 8 por ciento de los ingresos estatales totales y sólo el 4 por ciento del Pbi (según el Anuario Estadístico del 2015)”, asegura LeoGrande.

Más allá de los cuarteles

No es menos cierto que los militares –y ex militares– juegan un papel fundamental en el ordenamiento institucional cubano. En primera instancia, por su “confiabilidad”; en segunda, por su número.
Gracias a la amplia estructura de organismos de seguridad que regentea (coordinada por el coronel Alejandro Castro Espín, hijo del presidente Raúl Castro), el gobierno cubano mantiene un estrecho control sobre su población y, en especial, sobre los miembros del Ministerio del Interior (Minint) y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Far). Esa supervisión se complementa con programas de “formación político-ideológica” dirigidos a todos los combatientes en servicio o a aquellos que se forman en las academias militares.
Respecto a la cantidad de efectivos, no existen datos oficiales. De acuerdo con el número de unidades establecidas luego de su último proceso de reorganización, las Far contarían con unos 100 mil combatientes en activo y entre 200 mil y 300 mil reservistas; el Minint, por su parte, suma alrededor de 200 mil efectivos regulares. En ambos cuerpos armados sientan plaza soldados del Servicio Militar Activo (que cumplen los varones por uno o dos años), y oficiales y suboficiales de profesión, que “juran” por períodos que van desde cinco hasta 25 años. Tras su licenciamiento, todos tienen prioridad para optar por un empleo en el amplio sector estatal.
Esa es la causa de que en tantas dependencias civiles ocupen cargos de dirección antiguos militares, a veces formando mayoría. “En las escuelas de cadetes se da una gran importancia a las técnicas de dirección y de gestión de recursos. Incluso en algunos módulos nos repetían que necesitábamos formarnos para la vida con la tropa pero también para cuando fuéramos de nuevo civiles”, explica David Alejandro, ex jefe de unidades radiotécnicas que aprovechó su título militar para encontrar trabajo en la compañía Copextel, una empresa de equipos electrónicos integrada dentro del esquema corporativo de Gaesa.
“Como mi regimiento pasaría a la reserva, me ofrecieron el licenciamiento y este puesto. En total fuimos cuatro, y a todos nos dijeron lo mismo: preferían contratarnos a nosotros porque ‘los militares son más responsables’.” Muchos de sus compañeros y jefes tienen el mismo origen.
“Son múltiples los ejemplos de mandos militares transformados en empresarios: el general de brigada Luis Pérez Róspide, antiguo director de la Industria Militar, preside el Grupo Gaviota (la mayor hotelera de América Latina, con casi 30 mil habitaciones); el coronel Héctor Oroza dirige el monopolio corporativo de importación y exportación (Cimex), donde actúa como asesor el antiguo jefe de los servicios militares de Inteligencia, el general de división retirado Fabián Escalante”, señalaba en un artículo reciente el periodista Fidel Gómez Sosa.
Para el profesor de Política Internacional en la Universidad de California en San Diego Richard Feinberg, funcionario durante la administración de Bill Clinton, Gaesa “está invirtiendo sabiamente en las áreas económicas más internacionales y lucrativas de la economía”. A su juicio, “unas fuerzas armadas bien ubicadas probablemente apoyarán las reformas económicas que volverán a Cuba más eficiente y competitiva”.
De la magnitud del fenómeno da cuenta el hecho de que siete de los 17 miembros del Buró Político –el máximo órgano del gobernante Partido Comunista– visten uniformes; el resto de los integrantes de ese grupo de dirección o lo hizo en algún momento o está encuadrado en algunas de las instancias de defensa territorial con que la isla caribeña ha preparado su respuesta a una hipotética intervención norteamericana.
El hecho de que al frente de Gaesa se encuentre uno de los ex yernos del presidente Raúl Castro, el general de brigada Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, no hace sino agregar “leña” al fuego de las especulaciones, pues para nadie es un secreto que esa corporación funciona como un virtual “Estado dentro del Estado”, bajo un esquema de subordinación que sólo muy en segundo plano llega hasta la presidencia del país o la Asamblea Nacional.
“Ninguna de estas empresas presenta ningún tipo de información sobre sus ingresos, ganancias, impuestos pagados, estado de cuentas, ni el nombre de sus directores ejecutivos, ni hace licitación pública para ninguno de sus cargos”, apuntaba a comienzos de 2016 el sitio ForesightCuba, especializado en análisis estadísticos acerca de la isla. El tiempo transcurrido no ha contribuido a cambiar tal realidad.
Surgidas en la década de 1980 ante la necesidad de sortear las barreras del bloqueo contra Cuba, las primeras compañías del actual grupo tuvieron como premisa el secreto. Treinta años después, a pesar de su crecimiento exponencial, la práctica totalidad de las operaciones de Gaesa se mantiene en las sombras. Para bien o para mal.

Daniel Valero
Brecha

domingo, 23 de julio de 2017

79 Primaveras - Santiago Álvarez, 1969




A través de la vida de Ho Chi Minh como poeta, guerrillero, estadista, se refleja la lucha secular del pueblo vietnamita contra los múltiples imperios que han tratado continuamente de sojuzgarlo.

sábado, 22 de julio de 2017

Miguel Díaz-Canel: La Revolución continúa su camino triunfante con el apoyo mayoritario del pueblo


Intelectuales antimperialistas en La Habana




Intelectuales antimperialistas españoles o residentes en España que recientemente celebraron junto a colegas cubanos el 80 aniversario del II Congreso en Defensa de la Cultura, animan los debates en torno a la responsabilidad y el compromiso de los creadores con sus sociedades.

jueves, 20 de julio de 2017

Las falacias en su centro

La verdad social puede ser escurridiza. No basta con pretenderla para hallarla. A diferencia de la manzana de Newton, no siempre cae hacia abajo. En gran medida su descubrimiento depende de nuestros ojos; y más que de los ojos, de nuestra mirada, o para ser más exactos, de nuestro ángulo de visión, de nuestra atalaya. Existe con independencia de los individuos; pero la guerra en torno a su legitimación expresa intereses. Las simplificaciones más comunes acogen extremos falsos: que la verdad está repartida entre todos, que es la suma de todos los ángulos de visión; que sin la verdad de los explotadores es parcial e incompleta la verdad de los explotados. Es curioso, pero los extremismos se ubican, paradójicamente, en la comodidad del centro.
Algunos textos de apreciados colegas que fueron publicados en medios digitales y la entrevista que Cubadebate me hiciera –aparecida también en las páginas de Granma–, todos sobre el supuesto centrismo de corrientes ideológicas que intentan asentarse en Cuba, provocaron un enorme revuelo en diversas plataformas digitales, algunas de abierto perfil contrarrevolucionario. Lo paradójico es que, al menos en las primeras jornadas, los aludidos y los que no habían sido aludidos –pero sintieron que podían serlo–, en lugar de discutir los argumentos, invirtieron los roles: nos acusaron de victimarios, de censores. La exigencia de que hablásemos de los problemas de la agricultura, o de la burocracia, o de cualquier asunto no resuelto, y no de tendencias ideológicas, paralizaba el debate. Pero la excusa es insostenible: ninguno de los problemas actuales que enfrenta el país podrá ser resuelto si perdemos la Revolución (1).
Iniciaré estas reflexiones, que pretenden rescatar el debate extraviado, con una breve referencia al artículo que Cuba Posible –principal plataforma en la web del más sutil pensamiento restaurador– coloca como primera respuesta a la denuncia de su intención desmovilizadora, e iré abriendo el análisis a otros tópicos. El autor del texto, Lennier López, acepta y reivindica el término desde el propio título: La centralidad del tablero es radical, demócrata, socialista e ilustrada. Para ello apela a dos o tres ideas muy simples, impracticadas e impracticables: hay que eliminar los “discursos polarizadores”, la “política de guerra”, porque según su aséptica comprensión, la política “es la administración efectiva del poder”, y no “una batalla desleal, sin reglas”, por eso propone sustituir el eje “izquierda-derecha” por “la centralidad del tablero (…) de una partida en desarrollo”. Todo esto, reconozcámoslo, dicho de forma elegante, desde una torre que llaman “laboratorio de ideas” –como se autodenomina esa Cuba que solo sería Posible si perdemos a Cuba–, construida, según declaración reciente de sus fundadores, para propiciar “una evolución gradual del actual modelo sociopolítico cubano”, mientras otros desde Washington, y desde algunas otras sedes alternas y subcapitalistas de América Latina, mueven en Caracas los hilos de la “política de guerra”, de la violencia, o alternan funciones en el reparto de zanahorias y garrotes para Cuba (Obama dixit).
Lennier insiste en la metáfora de la partida de ajedrez –empleada antes por el derechista Aznar, cuando era primer ministro de España y respondida por Fidel– para entender la política: “las piezas –dice el articulista citado– están dispersas ocupando columnas, diagonales y casillas en todos los sectores del tablero. La centralidad resulta, entonces, un intento de hacer política desde la transversalidad”. Viene al caso la respuesta de Fidel al político español: “hubo un caballerito que como en un tablero de ajedrez me dijo que si Cuba movía fichas, ellos movían fichas y yo le dije que el destino de un país no se juega en un tablero de ajedrez”. Lennier, desde luego, no pretende una discusión de pueblo, aunque la invoque y enumere deficiencias o carencias no estructurales, que cualquiera reconocería, para eludir los temas de fondo.
Hay señales de olor en el texto que atraen al público entendido, capaz de “degustarlo”; actitudes correctísimas, que prestigian mucho: Lennier defiende, por supuesto, la Razón y adopta el discurso de la Ilustración, el de la burguesía en ascenso, en una suerte de utopía reaccionaria, aunque se declara, a la vez, moderno, postmoderno y postestructuralista. Pretende estar en el centro, ser antidogmático, pero asume todos los dogmas de la derecha. Hay que reconocer que fue creativo al utilizar el término Centralidad… ¡qué hallazgo! Como me comentaba alguien que no respeta esa portentosa imagen: es un gato en el centro del tejado de zinc caliente. Y en un quejido lastimero declara: “¡Qué desperdicio para una nación el dejar fuera de la participación política a varios segmentos de sí misma!” ¡Sí, qué desperdicio, digo yo, que haya clases y lucha de clases, naciones opresoras y naciones oprimidas, patriotas y vendepatrias! Lennier es tan socialista como Felipe González.
Porque en lo común no se trata de perspectivas o de opiniones diferentes, sino de intereses contrapuestos. Repito y preciso: intereses de clase. El conflicto histórico de los Estados Unidos con Cuba, el que hoy todavía nos separa, nada tiene que ver con una diferente comprensión de los derechos humanos. Batista, Trujillo, Somoza, Pinochet, fueron socios –en el sentido cubano del término– del imperialismo (no hablo únicamente de los gobernantes estadounidenses). Donald Trump acaba de regresar de Arabia Saudita, adora a los jeques sauditas –el nombre del país se deriva del apellido de la familia real–, y les venderá armas con componentes israelíes. No se confundan: no es el abrazo final de árabes y judíos, es el abrazo de árabes ricos, judíos ricos y estadounidenses ricos en contra de sus respectivos pueblos. En los 70 del siglo pasado, los hippies enfrentaron al sistema con audacia y candor: “hagamos el amor y no la guerra”, decían y recibían una paliza tras otra como respuesta, mientras los B52 partían con sus armas químicas –ahora son drones o misiles “inteligentes”, la muerte se administra por computadora–, sordos de ira, hacia Viet Nam. La guerra imperialista en Indochina terminó porque el pueblo vietnamita expulsó con las armas en la mano a los invasores y a sus mercenarios locales ¿Es cosa del pasado?

¿Los frentes amplios de la izquierda son centristas?

Todo pareciera conducir en el mundo al centrismo: los movimientos revolucionarios construyen frentes amplios que incorporan a una militancia no tradicional, históricamente desmovilizada y descreída, que exige el cumplimiento estricto de la democracia burguesa. Ello es saludable, es un paso de avance y una estocada de muerte, ya que sabemos que en tiempos de crisis el sistema ni quiere ni puede cumplir con unas reglas que fueron concebidas para reproducir el poder burgués, no para socavarlo. Sin embargo, el proceso debe servir para educar a las masas, y sobre todo, a los dirigentes; la democracia burguesa solo los llevará al gobierno si está rota, si alguno de sus conductos de oxigenación está obstruido por la crisis, y aún así, nunca al poder; entonces, ya en el gobierno, tendrán dos alternativas: o mantienen un perfil anodino, de infinitas dejaciones y concesiones, de espaldas al pueblo, lo que desilusionará a los electores en la próxima ronda (y no evitará la cruenta demonización mediática) o intentan tomar el poder, es decir, radicalizarse.
Si anuncian que van a por más, que quieren el poder, el tigre (que no es de papel) saltará al cuello, a morder la yugular; y si lo anuncian y no se mueven, la pierden. Si, en cambio, permanecen en los límites precisos de la democracia burguesa y a pesar de ello entorpecen los proyectos de enriquecimiento trasnacional –de los que la viceburguesía antinacional obtiene siempre alguna ganancia–, el ALCA por ejemplo, el sistema judicial encargado de proteger a los ricos intentará castigarlos de manera drástica. Para eso existe la “separación” de poderes, todos en manos de una minoritaria clase social. Escoja usted la variante más eficaz: golpes de estado judiciales (Honduras, Paraguay, Brasil), procesos y condenas a expresidentes “indisciplinados” que conservan el apoyo de las masas y pueden regresar al Gobierno –nunca tuvieron el poder– (Dilma y Lula en Brasil, Cristina Fernández en Argentina).
Finalmente, si el frente amplio toma el poder, será declarado totalitario, antidemocrático, y populista (una palabra que despojan de sus significados históricos y concretos para reducirla a la acepción más grosera, la de demagogia). Y vaya paradoja, los restantes frentes que puedan existir en el mundo en lucha electoral, tendrán que moderar aún más el lenguaje, evitar hablar de los que consiguieron llegar, desmarcarse de ellos. Da igual, el sistema los acusará de ser sus cómplices o peor, sus seguidores: ahora por ejemplo está de moda espantar al electorado colonizado –y a los políticos “correctos”– con la amenaza de que la nueva izquierda quiere convertir el país en otra Venezuela, o en otra Cuba.
Así las cosas, mientras el sistema hace aguas en medio mundo, sus ideólogos intentan reciclarlo asfixiando revoluciones y retornándolas de vuelta al redil. Si le exigen a una Revolución en el poder que restaure la democracia burguesa (separación de poderes, pluripartidismo y medios de comunicación privados), porque esa democracia es importante (para que ellos puedan recuperar lo perdido, desde luego), y sitúan como ejemplo a quienes buscan el poder en países burgueses construyendo frentes amplios –a estos los acusan de ser como nosotros, a nosotros nos acusan de no ser como ellos–, ya sabemos lo que quieren.
Entiéndase esto: la única validación aceptable para el sistema de que hemos introducido correctamente esos instrumentos suyos, es que perdamos las elecciones, el gobierno y el poder. Venezuela es un ejemplo clásico: el respeto estricto a todos los códigos de esa democracia nunca obtuvo la certificación imperialista. Porque si esa “democracia” existe para impedir que la voluntad popular derribe el sistema de dominación, allí donde este ha sido derribado y en los siguientes cinco o diez años no ha logrado restaurarse –esto puede afirmarse de modo “científico”–, funciona mal.
En realidad queremos democracia, sí, eso son las Revoluciones, grandes saltos democráticos, y de lo que se trata es de echar a andar la nueva visión que tenemos de ella, no de restaurar sus viejos postulados. No estamos conformes con el nivel alcanzado en el ejercicio de esa nueva democracia, pero no porque queramos la otra, la que ya sabemos inservible: la comparación es y será con nuestros propios ideales. Porque, hay que recordarlo, en Cuba no pretendemos tomar el poder, ya lo tenemos.
Es cierto que Fidel, como Martí en el siglo XIX, fue el artífice de la unidad de todas las fuerzas revolucionarias. Fidel salvó para la Revolución a seres humanos honestos, que eran revolucionarios o que se hicieron revolucionarios con los acontecimientos o que nunca fueron contrarrevolucionarios, pero no integró de manera ecléctica diferentes tendencias ideológicas, ni incluyó a una sola persona pagada desde los Estados Unidos o Europa. Blas Roca como presidente y Raúl Roa como vicepresidente de la primera Asamblea Nacional, conformaron un dúo simbólico: ambos pusieron su talento y su capacidad creadora al servicio de la más radical de las miradas posibles, la de Fidel, la del Partido, que bajo su liderazgo todos contribuyeron a construir. Fidel no hizo pactos, construyó un nuevo consenso, el que emanaba de la justicia social postergada y anhelada por el pueblo. Rechazó el Pacto de Miami, en momentos en que parecía más necesario que nunca, con argumentos diáfanos: “lo importante para la revolución –escribió Fidel–, no es la unidad en sí, sino las bases de dicha unidad, la forma en que se viabilice y las intenciones patrióticas que la animen”. No adoptó el camino socialista porque el gobierno estadounidense fuera hostil, esa es una afirmación reductora, aunque sin dudas aquel fue un factor catalizador. En septiembre de 1961 escribió:
La Revolución no se hizo socialista ese día [16 de abril]. Era socialista en su voluntad y en sus aspiraciones definidas, cuando el pueblo formuló la Declaración de La Habana. Se hizo definitivamente socialista en las realizaciones, en los hechos económicos-sociales cuando convirtió en propiedad colectiva de todo el pueblo los centrales azucareros, las grandes fábricas, los grandes comercios, las minas, los transportes, los bancos, etc.
El germen socialista de la Revolución se encontraba ya en el Movimiento del Moncada cuyos propósitos, claramente expresados, inspiraron todas las primeras leyes de la Revolución.
El 16 de abril se reafirmó y se llamó por su nombre, lo que orientaba ya hacia el ideal socialista desde el día mismo en que, frente a las aspilleras de la fortaleza militar de Santiago de Cuba o en sus celdas de tortura y muerte o frente a los pelotones de criminales –que defendían un poder caduco–, daban su vida casi un centenar de jóvenes que se proponían lograr un cambio total en la vida del país. Y dentro de un régimen social semicolonial y capitalista como aquel, no podía haber otro cambio revolucionario que el socialismo, una vez que se cumpliera la etapa de la liberación nacional.
En su última alocución pública, que a la postre fue su despedida, frente a los delegados al Congreso del Partido –abril de 2016–, Fidel reafirmó su credo comunista: “A todos nos llegará nuestro turno, pero quedarán las ideas de los comunistas cubanos”, dijo.
No me sorprende que Arturo López Levy, uno de los asiduos ideólogos de Cuba Posible, en uno de los artículos más transparentes de la última semana, escribiera: “La pregunta central de este debate sobre opciones ideológicas no debe formularse en términos históricos, sino políticos [olvidemos la historia, pedía Obama]. No debe ser sobre lo que hubiese hecho Fidel Castro hoy (…) Cuba pertenece a las generaciones actuales de cubanos”. Este autor, que se declara socialdemócrata y sionista, coloca varias carnadas en su anzuelo, pero en un comentario al debate abierto en un blog, termina donde debe terminar: “El día en que se acabe el bloqueo/embargo, soy partidario de que se inicie un proceso hacia la instauración de una democracia multipartidista en Cuba, con libertades de prensa, asociación, y todas las otras recogidas en la Declaración Universal de Derechos Humanos, tal como se entienden por los comités que han estado a cargo de manejar su interpretación”. El título del artículo, sin embargo –que manipula una frase de Martí, el más radical de los cubanos– revela ya su sentido: La moderación probada del espíritu de Cuba. Volveremos a él.

¿Lo mejor de uno y otro sistema?

¿Por qué ha causado tanto escozor mi afirmación de que no es posible integrar “lo mejor” del capitalismo y lo “mejor” del socialismo? Tal manera de concebir la coexistencia (nada pacífica en términos sociales) de elementos de uno y otro sistema, algo que es inevitable, parece establecerlo como fin y no como punto de partida. Hablo desde la perspectiva de un revolucionario (que defiende los intereses de los desposeídos), que es diferente a la de un reformista (que le teme a las masas aunque las invoque mientras procura resguardar sus intereses). La prensa trasnacional hegemónica, al mencionar los cambios que el pueblo cubano decidió introducir, utiliza el vocablo “tránsito” –reiterado por Veiga, uno de los fundadores de Cuba Posible– como si fuese el inicio de un proceso de restauración capitalista.
La promoción de cambios no es per se revolucionaria; tampoco es reaccionaria o conservadora la intención de conservar algo. Todo depende de lo que se quiera cambiar y de lo que se pretenda conservar. En ambos casos, el punto determinante está en las necesidades de los más humildes (“con los pobres de la Tierra quiero yo mi suerte echar”, escribía Martí), solo en relación a ellos se es o no se es revolucionario. La condición del revolucionario no se mide ni por los métodos que se utilizan, ni por la intención de cambios; puede sintetizarse en dos cualidades: va a la raíz de los problemas (es radical) y siente como agravio personal la injusticia, donde quiera que se cometa. Pero aviso a los académicos burgueses (sordos, ciegos y mudos para la verdad): en el siglo XX lo que fracasó, definitivamente, fue el capitalismo. Y los que aman las estadísticas deberían saberlo: el un por ciento de la población mundial tiene tanto dinero como el otro 99 por ciento (datos de la ONG Oxfam divulgados por la BBC). Según RTVE, nada sospechosa de infidencia, el un por ciento de los españoles acumula tanta riqueza como el otro 88 por ciento, lo que significa decir que 466 mil personas poseen tanto como 37,3 millones de conciudadanos.
Algunos autores que desde una supuesta moderación abrazan la idea de “fundir” los dos sistemas, es decir, retornar al capitalismo, aseguran con cinismo que se preservarían las conquistas sociales y la soberanía nacional, aunque saben –claro que lo saben, y los que no, amigos, son unos ignorantes– que a la larga se perderían ambas, por eso exigen que se “profundicen” los cambios. Sabemos el sentido que tiene para ellos el verbo profundizar. Por eso en la entrevista que me hizo Cubadebate insistí en la necesidad de desentrañar la direccionalidad discursiva de cada discurso, no a partir de la posición que cada cual se atribuye, sino a partir de una pregunta simple, que Lenin usó con efectividad: ¿a quién sirve? La palabra cambio implica para los revolucionarios cubanos que se perfeccione el socialismo; para los contrarrevolucionarios, que se desarticule, que evolucione hacia su contrario. Esta no es una discusión teórica ajena a los intereses del pueblo: todas las dificultades, insuficiencias, errores, que hoy padecemos, tendrán solución o no, en la medida en que triunfe o fracase el socialismo cubano. Por eso, sin subestimar las contradicciones (antagónicas) que los elementos de capitalismo y de socialismo generan en Cuba, como en cualquier otro lugar, las preguntas claves son estas: ¿a cuál de los dos sistemas se subordinan?, ¿a cuál sirven?, ¿hacia dónde nos proponemos ir?
La Conceptualización del Modelo, discutida y aprobada por decenas de miles de cubanos en reuniones auténticamente democráticas, que recogían y clasificaban cada criterio, y en la Asamblea Nacional, con las enmiendas derivadas de esos debates, dice en su primer capítulo:
[Este documento] (…) sirve de guía para avanzar hacia la materialización plena de la Visión de la Nación: independiente, soberana, socialista, democrática, próspera y sostenible, mediante el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social a largo plazo, y otras acciones.
Los objetivos estratégicos de la actualización del Modelo son: garantizar la irreversibilidad y continuidad de nuestro socialismo afianzando los principios que lo sustentan, el desarrollo económico y la elevación del nivel y calidad de vida con equidad. Todo ello, conjugado con la necesaria formación de los valores éticos y políticos, en contraposición al egoísmo, el individualismo y el consumismo enajenante y depredador.
Desde luego, la interacción y lucha de elementos capitalistas y socialistas en el mundo en el que vivimos es una realidad de múltiples aristas. De una parte, el capitalismo, en su guerra por la sobrevivencia, ha incorporado ciertos mecanismos y visiones socialistas de carácter colateral: las luchas sindicales, de género, las victorias anticolonialistas, las revoluciones del siglo XX, la existencia de experiencias, fallidas o no, de construcción socialista, han introducido elementos de justicia social, sobre todo en los países más ricos. No cometamos el error de atribuirle al capitalismo –en su versión de Bienestar Social, en países que fueron usufructuarios del sistema colonial y neocolonial, tuviesen colonias o no, y de la injusta división internacional del trabajo, o simplemente, a sus conquistas laborales–, los huevos de la nueva sociedad (uso de manera libre una imagen de Lenin), engendrados por la resistencia al capitalismo. El capitalismo, como sistema, es el mismo en todos los países ¿Por qué tomamos de ejemplo a los países nórdicos y no a los del Sur, que comparten nuestra historia de expoliaciones, y son, además, la mayoría? ¿Por qué el capitalismo en Cuba –si solo se tratara de copiar un sistema– nos llevaría a ser como Suecia, Suiza o Reino Unido y no como Honduras o Haití? Pero en Suecia, dicho sea también, hay elementos del nuevo orden socio-económico por el que luchamos, que niegan en alguna pequeña medida, el que allí existe.
Es decir, la superación del capitalismo ocurre por diferentes vías, de manera simultánea. Cuando los países latinoamericanos, por ejemplo, adoptan una posición común que se opone a la injerencia imperialista o rescatan la soberanía nacional –que solo puede ser defendida como valor regional–, más allá de sus razones puntuales, están golpeando al sistema. Si un sector de la burguesía argentina o de la brasileña decide reivindicar sus intereses y enfrentar la hegemonía económica y política del imperialismo, el golpe no es bilateral, es sistémico. Todo golpe al imperialismo es un golpe al capitalismo. Los sectores más radicales de esos países en ocasiones no perciben que ese gobierno burgués, a pesar de sí mismo, es un aliado de “lo nuevo que nace”. El imperialismo, por el contrario, sí lo percibe, y le declara la guerra.
Por otra parte, la cultura socialista (anticapitalista) existe como contracultura aún en los países donde hay gobiernos revolucionarios, e incluso en aquellos donde las transformaciones han sido más radicales, porque la cultura del capitalismo (hablo de sus modos de vida, de sus conceptos de éxito y de felicidad) es hegemónica. La base material que sustenta a la nueva cultura es aún débil, de resistencia, tiene un alcance limitado. Un partidario e incluso un protagonista de la revolución, puede ser también un adicto acrítico a los realitys shows de Miami o un reproductor de la cultura del tener, es decir, del capitalismo; puede trabajar durante toda la semana por la consolidación del Gobierno revolucionario, y reproducir en su vida privada, en sus sueños más íntimos, los valores del sistema que combate.
Como el triunfo en el capitalismo se asocia indefectiblemente al dinero, sin importar su origen, y el esfuerzo personal en el trabajo no suele conducir al éxito prometido, el sistema abre pequeñas válvulas de entrada, ajenas al aporte social del individuo: la herencia, el juego en todas sus modalidades, el matrimonio de conveniencia, lo mismo para la mujer que para el hombre, el robo de cuello blanco o de pistola en mano (siempre que el autor logre evadir la justicia). El mercado del deporte se convierte para los pobres en un camino a transitar. Ningún otro relato clásico expresa la esencia de este postulado como el de Cenicienta: un cuento recreado y actualizado de todas las maneras posibles. La corrupción es un subproducto del capitalismo. Si el origen del dinero no es importante, y su posesión establece el rango de éxito o fracaso social del individuo, las vías fraudulentas son un recurso tolerado. Decir que el socialismo genera también burocratismo o corrupción, significa reconocer que hay bolsones de capitalismo en su seno.

¿Qué supone la normalización de relaciones con los Estados Unidos?

Se ha dicho que quienes nos oponemos a las máscaras de centro, conformamos un grupo duro opuesto a la normalización de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. Nada más ajeno a la realidad. Es una idea que reproduce el esquema que otorga una falsa paridad a los supuestos extremos de La Florida y La Habana: si bien el extremo floridano pudiera asociarse al terrorismo y a la politiquería anticubana, es decir, al lacayismo proimperialista ¿a qué se asocia el de La Habana?, ¿a la defensa de la Patria socialista? Ningún revolucionario cubano viajó en lanchas rápidas para ametrallar poblados floridanos, ni colocó o pagó para que colocasen bombas en industrias o centros recreativos de Miami. Ni siquiera quemó banderas estadounidenses. Pero existe un tercer elemento, que es decisivo: el imperialismo de ese país. Un blog contrarrevolucionario ya de capa caída, publicó hace algunos años un artículo esclarecedor de un tal Castillón:
Pocos luchan mejor por sus países de adopción que los inmigrantes. La historia norteamericana está llena de ejemplos […] Posada Carriles ha sido soldado estadounidense en tiempo de guerra y eso le da derecho a estar en Estados Unidos. Porque Posada, a pesar de haber luchado en un campo de batalla diferente, no es tan distinto de todos esos otros soldados. Porque aunque nos hayamos olvidado de ella y la hayamos relegado a ese cajón en que se guardan los recuerdos molestos, la Guerra Fría fue una guerra real. Una guerra en la que participaron numerosos exiliados en contra de los estados que dirigían sus naciones.
Es aquí donde aparecen las reminiscencias autonomistas y anexionistas. Ambos proyectos decimonónicos, que no conciben el desarrollo nacional sin la presencia dominadora de una potencia extranjera, empalman con el reformismo contemporáneo, gústele o no a López Levy. Evidentemente, no existe concordancia entre el extremismo lacayo y la defensa radical de la soberanía nacional. Permítaseme que me cite brevemente: “¿Qué significa ser extremista? –decía en el artículo La Patria posible–, ¿cuáles son los extremos del debate nacional? Para los revolucionarios cubanos, el extremista es quien adopta de manera irreflexiva consignas y frases hechas, cuyo fondo conceptual ignora o no comprende, y es incapaz por tanto de discernir qué es esencial y qué no lo es. El extremismo conduce al dogmatismo y a la doble moral. (…) Pero nada tiene que ver con la visión radical –que va a las raíces–, y a la postura revolucionaria frente a la realidad”.
Los revolucionarios cubanos (no pertenezco a ningún grupo) abogamos por unas relaciones “normales” entre vecinos civilizados; no obstante, lo que me parece más peligroso de esa suposición que se nos imputa es que revela lo que algunas personas entienden por normalización. Ya se sabe que el restablecimiento de relaciones diplomáticas es el primer paso, y que la normalización, tal como la proyecta Cuba, implica la derogación absoluta del bloqueo económico, comercial y financiero, la devolución de la Base Naval de Guantánamo y el cese de las actividades subversivas en el país. Sin embargo, López Levy es osado y –no puedo evitar la palabra– cínico, al escribir:
No caben dudas de que como priorizamos los intereses de desarrollo económico y bienestar del pueblo cubano, así como el alejamiento de un conflicto militar con Estados Unidos que puede ser devastador para Cuba, los “centristas” tenemos visiones distintas a las de Iroel Sánchez y Enrique Ubieta sobre las relaciones a buscar con Estados Unidos. Una política de distensión, incluso de acciones persuasivas de corte hegemónico, es preferible a la estrategia de coacción imperial por sanciones y financiamiento directo de opositores. (…) Este ambiente distendido permite, también, avanzar en reformas dirigidas a una economía de mercado y a una sociedad más plural en lo político, con afinidades a posiciones como las nuestras, pues Cuba tendría una interacción mayor con un mundo más favorable a ese rumbo.
De esa manera, casi al finalizar su artículo, el socialdemócrata López Levy declara abiertamente su respaldo al proyecto obamista de eliminar el bloqueo por ineficaz –en términos políticos– y no por inmoral y criminal, y sustituirlo por otra política igualmente injerencista, pero menos confrontativa, que reinstaure en Cuba el capitalismo (y la subordinación a Washington). Aceptamos el reto –creemos que este pequeño David puede batir a Goliat en el terreno de las ideas–, a pesar de que el articulista sabe, más por viejo que por diablo, que se trata de una guerra de baja intensidad, con financiamiento a proyectos subversivos de corte no confrontacional como Cuba Posible. Pero igual, cobren o no, el que intente retornar a Cuba a un pasado de capitalismo semicolonial, es mi enemigo. No creo en los centrismos; nadie, ni ellos mismos, creen que sea posible “estar en el medio”.

Enrique Ubieta
Cubadebate

Nota
(1) El debate en las redes sociales se aleja del debate. Es la fiesta de los asombros, cuando aparece, esta vez sí, un grupo. El “sabio” Pedro Monreal casi escribe un tratado para reivindicar la importancia de las estadísticas –Julio Carranza, antes o después que él, insiste en ello–, a partir de una lectura primitiva y/o tendenciosa de mi entrevista. Se quedan en los marcos de la puerta, sin entrar. Un tal Domingo Amuchástegui me endilga todas las culpas y desvíos del espíritu revolucionario, ocurridos desde mis tres años de vida y aún antes. En cambio, algunos de los protagonistas de esos desvíos, censores y adoradores de manuales, escriben largas peroratas sobre la flexibilidad del pensamiento y la dialéctica. Haroldo Dilla, expulsado de la politiquería dominicana por su desmedido oportunismo, propone que se me expulse del debate político de la Revolución cubana.

Lea la entrevista de Cubadebate a Enrique Ubieta:
¿Es posible unir lo mejor del capitalismo y el socialismo? Responde Enrique Ubieta (+ Video)

Enrique Ubieta Ensayista y periodista cubano. Director de la publicación “La calle del medio”.

miércoles, 19 de julio de 2017

La Pupila Asombrada - La Sal de la Tierra




#LaPupilaTV hace una aproximación al documental "La sal de la Tierra", sobre la vida y obra del fotógrafo Sebastião Salgado. Siempre con nuestras secciones "Aunque no esté de moda", "Pupila Ilustrada" y "Futuro inmediato". Síguenos!

martes, 18 de julio de 2017

Cuba entre opciones

Se cuenta que hace diez años, o algo más, un reconocido profesor universitario de Historia, encargado de aplicar a jóvenes aspirantes a estudiar esa disciplina la entrevista de ingreso a la Facultad habanera donde se cursa, le pidió a uno de ellos que valorase el anexionismo, y el entrevistado respondió: “Tal vez deberíamos probar ese camino, porque por los otros no han venido los frutos deseados”.
Formado en una Cuba donde a la inmensa mayoría del pueblo la beneficiaron los logros de una Revolución que puso al país en el centro de miras del mundo, para el joven, probablemente sin una buena información, esa realidad parecería tan natural que no merecía ser tomada en cuenta. Pero no vería de igual modo las carencias que —en medio de expectativas sin precedentes— han dado pie a una vida cotidiana distante de la que la población merece y la dirección revolucionaria se había planteado propiciarle.
Que por diversas razones la anexión carezca de camino, no basta para menospreciar el efecto que el anexionismo tuvo, y pudiera aún hoy tener, al generar en algunos la ilusión de que valía la pena zafarse de España aunque fuera para quedar bajo el poder de los Estados Unidos. La vanguardia revolucionaria necesitó combatir de diversos modos maniobras anexionistas y autonomistas. Convencido de que Cuba debía “ser libre de España y de los Estados Unidos”, en su brega organizativa y suasoria José Martí sintetizó la experiencia precedente y puso en tensión un decir que fue parte de su hacer.
Se pronunció asiduamente contra autonomistas y anexionistas. Desconocerlo se explicaría por un conocimiento escaso o nulo de su obra, o por el deseo de que hoy no se combata lo heredado de aquellas tendencias. A manera de clímax, no aisladamente, en su discurso del 26 de noviembre de 1891 Martí sintetizó su proyecto unitario basado en el plan de fundar una república “con todos, y para el bien de todos”; pero sabía que de ese ideal se autoexcluían las fuerzas opuestas a la revolución emancipadora, y lo expuso también con claridad no solo en ese texto.
Hasta que el independentismo se afianzó como la opción representativa y guía de la patria, no tanto quizás las cúpulas de aquellas tendencias, pero sí sus seguidores de filas, podían ser honrados al resignarse con la idea de que la anexión o una relativa autonomía eran ventajas suficientes para Cuba. Al estudiante de marras había derecho a pedirle que valorase las grandes realizaciones del país y que, sin soslayar ineficiencias y errores internos, al considerar las frustraciones tuviera en cuenta los hechos militares y terroristas y el férreo bloqueo con que le ha causado a Cuba graves estragos el imperio que desde el siglo XIX ha tenido el apoyo de anexionistas y de autonomistas.
Pero, si aquel joven podía ver las realizaciones del país como naturales, el bloqueo, de tan establecido, y de tan santificado por medios dominantes, acaso no lo tendría ni presente, o no le reconocería fuerza bastante para ser tan nocivo como ha sido para Cuba. Hasta quizás creería que era un pretexto de esta para justificar sus errores.
Cabría tal vez relacionar la respuesta del joven, por descabellada que se estime o sea, con insatisfacciones que perduran tras décadas de programa revolucionario. Si a este lo ha signado el fin de construir una sociedad socialista, el capitalismo en general, más que en particular la opción anexionista —aunque sea inseparable de él—, puede en algunos generar la ilusión de que ese sistema, con siglos campeando en el planeta, tiene lecciones que dar para transformar el país, o hasta ser el camino para conseguirlo.
Con su currículo de negocios, y con poderosos medios (des)informativos a su servicio, el capitalismo ha logrado que para muchos su imagen sea la de los millonarios de Londres, París o Nueva York, ni siquiera la de los pobres del Reino Unido, Francia o los Estados Unidos. Para no hablar de Burundi, Burkina Faso o Haití.
Ha conseguido que se consideren exclusivamente suyos logros básicos de la humanidad, no digamos ya los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, y en general los derechos humanos que la burguesía en ascenso capitalizó desconociendo a los humildes que la siguieron en la lucha. También pasan como patrimonio suyo la puntualidad, la eficiencia económica, la disciplina social y otras virtudes colectivas apetecibles, sin las cuales no habrá proyecto político ni social que pueda sostenerse con eficacia y prosperidad.
Los esclavos de cualquier época ¿podían faltar al trabajo cuando querían y desobedecer al amo sin exponerse al castigo físico? ¿Era dable a los siervos ignorar que tenían que acatar la voluntad del señor feudal o morir de hambre? El capitalismo sustituyó cepo y látigo, y señorío, por salario e hipotecas. Cuando avanzó la tecnología y tras largas luchas se generalizó la jornada de ocho horas, logró que la plusvalía se concentrara con mayor provecho para él que en jornadas más largas. Aun así, no siempre ni en todas partes se ha acatado la conquista de las ocho horas, violada incluso a golpe de leyes.
Eso no debe olvidarse en parte alguna del mundo, ni siquiera en Cuba, donde hoy, en medio del crecimiento de la propiedad privada, parece que algunos dueños olvidan lo que significó aquella conquista para los trabajadores. Urge mantener la orientación justiciera, aunque algunos de estos disfruten perder sus derechos a cambio de salarios más altos que los que la administración estatal ha estado en condiciones o ha sido capaz de propiciarles a quienes, al laborar en el ámbito con que ella está centralmente responsabilizada, garantizan el predominio del modo de producción socialista.
Dar por sentado que la eficiencia y el orden son patrimonio exclusivo del capitalismo es una manera vigorosa de rendirle culto a ese sistema. Resulta cuando menos curioso que algunos se muestren más que nunca apasionados citadores de Lenin y del Che al recordar que ambos, como seres inteligentes que eran, comprendieron que los afanes socialistas debían aprender de cuantas experiencias humanas les fueran útiles, incluidas las del largo y contemporáneo capitalismo. Pero a menudo no recuerdan con igual pasión que ambos insistieron en la necesidad de que, si se trataba de edificar el socialismo, no se debía incurrir en el riesgo de perder la orientación necesaria para ello.
No estará de más recordar también que Lenin no dirigió una realidad ejemplar, idílica, sino la cruda de un territorio poco desarrollado y con no pocos rasgos de modo de producción asiático, lo que cabría asimismo decir de otros intentos de real o sedicente construcción socialista. En cuanto a poner juntos en el mismo saco de opciones a Lenin y al Che, parece impreciso, o más, desconocer las críticas del segundo a la Nueva Política Económica (NEP), diseñada con la guía del primero.
Se sabe que lo trazado por Lenin se incumplió en gran medida después de su muerte, aunque no siempre fuera por actos de mala fe y traiciones. Cuéntense también las posibilidades permitidas por la terca realidad. Pero no es necesario negarle la sal y el agua al capitalismo para considerar injusto atribuir a Lenin o al Che el olvido de que ese sistema tiene al menos un gran defecto: se sustenta sobre la injusticia social, por la que a toda costa la minoría acumula millones de millones, norma inmoral que dicho sistema cuida para seguir existiendo. Aquellos dos revolucionarios no perdieron de vista que la mayor virtud con que está responsabilizado el socialismo es la búsqueda de la equidad social sobre bases económicas y éticas democráticas, y siempre que descuida esa orientación lo paga caro. De poco suelen valer las autocríticas, y menos si son tardías.
Para Cuba el ideal de la equidad precedió al proyecto socialista, que sería irresponsable explicar como un mero saldo oportunista de la hostilidad imperial y la ayuda soviética. Ideólogo y dirigente de un frente de liberación nacional, Martí aportó una ética iluminadora incluso para el socialismo por construirse. En “Nuestra América”, ensayo de 1891, señaló como raíz de las frustraciones de la independencia latinoamericana el no haber hecho “con los oprimidos […] causa común para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”. Ya en Versos sencillos había expresado: “Con los pobres de la tierra / Quiero yo mi suerte echar”.
Si en el artículo titulado precisamente “Los pobres de la tierra”, y publicado en Patria el 24 de octubre de 1894, sostuvo que a la república por la que se luchaba nadie podía “llevar moldes o frenos”, también elogió en primer término el aporte de los trabajadores a “la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos”. Desde su personal honradez les dijo a los pobres: “Sépanlo al menos: no trabajan para traidores”, y ya antes, previendo que la independencia podía ser insuficiente para alcanzar la equidad necesaria y justa, en “¡Vengo a darte patria!”, aparecido en el mismo periódico el 14 de marzo de 1893, había declarado: “Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres”.
Ni siquiera por la ardua búsqueda de la unidad necesaria renunció Martí a exponer los ideales con que concebía una independencia inseparable de la justicia social, ni a librar la lucha de pensamiento requerida en el seno del propio independentismo. Hoy, la Revolución que lo ha reconocido como su autor intelectual está llamada a no disimular ni ocultar el alcance limitado de determinadas medidas que necesite poner en práctica. Mucho menos aún ha de renunciar a defender el alcance justiciero mayor que debe tener como guía, lo que implica batallas cotidianas.
Ambrosio Fornet, quien ha contribuido a esclarecer qué fue la realidad calificada por él como “quinquenio gris”, y ha refutado por igual a plattistas y platistas —ya sean unos y otros los mismos o primos putativos— se ha referido al hecho de que, para salvar en las actuales circunstancias un proyecto socialista, Cuba necesitará aplicar prácticas consideradas propias del capitalismo. Pero también se ha preguntado cuántas, hasta qué punto y de qué modo le será factible asumirlas sin dejar de ser socialista. Tal es el ser o no ser de la Revolución Cubana, según el articulista le oyó a Fornet sostener en la Casa de las Américas, en un panel presenciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro.
Fornet no propuso un cartabón teórico, dogmático, sino una tabla de sentido común y, por tanto, extraordinario. Cuba tendrá que seguir actuando en un entorno regido por el poderío imperialista y, para ella en particular, por un bloqueo que no cesa y, si cesara, no sería precisamente para facilitarle su existencia socialista, sino para torcérsela. Debe Cuba, pues, hilar fino, y sin demoras —se podrán necesitar pausas y replanteamientos, y máxima cautela, pero demoras excesivas le resultarían fatales—, en pos de una economía solvente y una vida cotidiana amable, con una prosperidad signada por una ética profunda, inseparable de la equidad, la justicia y la democracia.
En su pueblo hay luz y capacidad de esfuerzo bastantes para enfrentar desafíos, pero esa luz y esa capacidad son un tesoro que sería inútil guardado en arcas bajo llave, y se dilapidaría en esperas y tanteos de ciego. El concepto de Revolución legado por su líder está para usarlo bien, no para citarlo cansonamente sin buenos resultados. La fuente de enseñanzas concretas puede hallarse en todo el mundo, pero no podrá olvidarse que el tronco de la República es y debe estar en su historia y sus caminos, y en sus recursos.
Para deslumbramientos habrá siempre ocasiones e imágenes. A una abuela le cabrá sentirse dichosa de que su nieta preferida haya cazado a un sueco y se haya ido a hacerse la sueca. En un ejemplo concreto llegado al articulista, la abuela comenta cuán agradecida se siente de las remesas que le envía la nieta, y cuánto desea que Cuba finalmente se convirtiera en la Suecia de América. Otro miembro de la familia, jocoso, criollo de raíz, le respondió: “Abuela, ¿tú quieres que Cuba se suecide?”
Tela hay para cortar. Solo falta que, en nombre de la libertad de expresión, no se llegue a suponer que el derecho a manifestarse les pertenece nada más a los partidarios del capitalismo y sus lecciones sacrosantas, mientras que a los defensores del socialismo les toca guardar silencio. Asoman indicios de que hay quienes estiman necesaria una cruzada de pensamiento y bytes contra la idea socialista y el correspondiente propósito de que cada vez menos jóvenes —o no jóvenes— crean valedero decir: “Debemos probar la opción del capitalismo, porque la otra no ha traído los frutos deseados”.

Luis Toledo Sande
La Jiribilla

lunes, 17 de julio de 2017

#LaPupilaTv en #Santiago de #Cuba




La Pupila Asombrada nos lleva a la tierra del Titán de Bronce, a la gran ciudad de #Santiago de #Cuba para un reencuentro con la historia.

Apología del terrorismo de la Cadena Ser sale gratis… si es contra Venezuela y Cuba




Victoria García, periodista de Cadena Ser, en su propio país, estaría hace ya tiempo en la cárcel si se le ocurriera endosar al Gobierno español siquiera una sola de las muertes comedidas por grupos irregulares. Pero, tratándose del de Venezuela, sabe que tiene licencia para endosarle las decenas de asesinatos y linchamientos hasta la muerte cometidos por una oposición fascista, desatada gracias a la censura mediática internacional que tapa sus crímenes.

Díaz-Canel: Han tratado de presentar a Cuba como un país desconectado

El primer vicepresidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, dijo ayer que la Isla fue el país que más creció en penetración en las redes sociales durante 2016, con 346 por ciento de aumento, algo que desmiente los “ataques” internacionales que afirman que la sociedad cubana está “totalmente desconectada”.
En las sesiones previas al pleno de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Díaz-Canel señaló que el tema de internet es por lo que “más se ataca a Cuba”, uno de los países con menor tasa de acceso a la red —33.6 por ciento de penetración–, algo que el gobierno cubano ha tratado de paliar con iniciativas como la apertura de 391 áreas wifi públicas.
“El imperialismo ha tratado de presentar a Cuba como un país desconectado. Constantemente hay una persecución financiera feroz contra las empresas tecnológicas con las que tenemos convenios (…) para poder tener la infraestructura que nos hace falta”, indicó en una intervención trasmitida por la Televisión Cubana.
La de las nuevas tecnologías es una de las áreas beneficiadas por las medidas de relajación del bloqueo de Estados Unidos aprobadas después de que los dos países reanudaran relaciones hace dos años y medio, lo que ha permitido la entrada en la Isla de algunos gigantes del sector como Google.
Según el vicepresidente cubano aquellos que tratan de vender la realidad de una Cuba desconectada “tuvieron que reconocer que en 2016 fue el país que más había crecido en penetración en las redes sociales, con más de un 346 por ciento”.
Frente a la comisión de la Asamblea que analiza la “informatización de la sociedad”, Díaz-Canel advirtió que este es un “proceso complejo” que “atraviesa a la economía y la ideología”.
Insistió en que hay que “contrarrestar la avalancha de contenido pseudocultural y banal”, sustituyéndolo por los “contenidos de la Revolución en las redes sociales”.
La política de informatización de Cuba para los próximos cinco años incluye acciones definidas en dos líneas: la creación de una infraestructura tecnológica y la generación de servicios, y contenidos digitales.
En este sentido, Díaz-Canel apoyó la creación de plataformas para la interacción entre el gobierno y los ciudadanos, donde se pueda sugerir y criticar para lograr la “verdadera democratización en el uso de estas tecnologías, contrario a lo que sucede en la mayor parte del mundo”.
Como primeros resultados se anunció que a “pesar de las limitaciones económicas”, el ancho de banda aumentó 72 por ciento en 2016.
Dentro de la estrategia para aumentar la conectividad, Etecsa, única empresa de telecomunicaciones en el país, inició en julio de 2015 la instalación de zonas wifi públicas, que junto a las salas alojadas en oficinas de la compañía suman 1.006 espacios de conexión en el país, que posee 11,1 millones de habitantes.
En Cuba ya se registran 4 millones de usuarios con acceso a la web, de ellos más de 1,5 millones a través de las cuentas Nauta, que ahora se han extendido a 600 hogares tras una prueba piloto el año pasado en La Habana Vieja.
“Hoy contamos además con más de 630 salas de navegación y funcionan 370 sitios wifi, existen 4 millones 300 mil líneas móviles y unos 4 millones de usuarios tienen acceso a Internet, un millón de ellos a través de la cuentas permanentes nautas”, detalló el Ministro de Comunicaciones, Maimir Mesa.
Antes, solo un pequeño grupo de profesionales como médicos y periodistas estaban autorizados a conectarse desde sus casas.
La principal queja de los cubanos sobre el acceso a la red son los elevados precios de conexión (1,5 dólares por hora en el caso de las áreas wifi y salas de navegación) respecto a los reducidos salarios de la isla, que se sitúan en un promedio de 29 dólares al mes.
En el caso del “Nauta Hogar” se ofertan paquetes de 30 horas mensuales, con precios que varían entre 15 y 70 CUC (pesos cubanos convertibles y paritarios con el dólar estadounidense) por velocidades entre 256 kilobytes y 2 megabytes por segundo.

OnCuba

Otra vez esperando a Trump

Es grande la expectativa por conocer lo que dirán exactamente las nuevas regulaciones que serán aplicadas para dar cumplimiento a la Directiva que firmó Donald Trump el pasado 16 de junio para intensificar el bloqueo contra Cuba en un burdo espectáculo realizado en Miami. Han sido tres semanas de comentarios y especulaciones en los que no pocas veces se soslayan aspectos fundamentales y es frecuente tropezar con fórmulas apegadas a las “pautas informativas” que quiere Washington. Como cuando se insiste en hablar de la prohibición a las transacciones con empresas vinculadas a las Fuerzas Armadas y al Ministerio del Interior pero nada se dice de la extensión de semejante prohibición, que también está en la Directiva, al conjunto de la sociedad cubana. Ahora se afirma que la OFAC (Oficina para el control de bienes extranjeros del Departamento del Tesoro, instrumento clave de esa política) dará a conocer las mentadas regulaciones el 15 de septiembre y para aumentar el interés se acompaña el dato con un reloj digital que va descontando los días, horas, minutos y segundos que nos acercan a esa fecha.
Han sido tres semanas también de diversas manifestaciones de rechazo por nuestro pueblo y también de la amplia solidaridad internacional que incluye a muchos estadounidenses, entre ellos sectores empresariales, académicos y políticos.
Enfrascados en disquisiciones acerca de la imaginaria “normalización” de las relaciones supuestamente intentada por Obama, el chabacano manotazo de Trump incorporó nuevos elementos de confusión al debate.
Conviene una pausa de reflexión antes que se produzca otra noticia desde la capital norteamericana que enrede aun más el análisis. Porque esa noticia tiene un plazo fijo: tiene que producirse, a más tardar, el 16 de julio, es decir, antes de que termine esta semana.
Ese día, el 16 de julio, vence el término para la suspensión de la posibilidad de recurrir ante los tribunales norteamericanos, conforme a la Ley Helms-Burton, que desde 1996 reconoce ese derecho a quienes fueron expropiados por la Revolución incluyendo a los que entonces no habían adquirido aun la ciudadanía estadounidense y que, según el Departamento de Estado, serían más de 200 mil demandantes.
Si tal cosa ocurriese, provocaría numerosos pleitos con los inversionistas extranjeros pero además crearía un inaudito caos judicial ante las reclamaciones que pudieran presentarse y a cuya preparación, por cierto, se han dedicado, desde aquel año, algunos abogados de Miami involucrados en la redacción de dicha Ley.
Ante la protesta de la Unión Europea fue introducida la cláusula que permite al Presidente de Estados Unidos dejar en suspenso la posibilidad de reclamar ante los tribunales por un período de seis meses. Durante más de veinte años, Clinton, W. Bush y Obama, aplicaron la suspensión. Ahora le toca a Trump.
Actuar como sus predecesores parecería ser lo que aconseja la lógica y el sentido común pero esas son cualidades que no siempre guían al actual inquilino de la Casa Blanca y ello alienta a algunos que buscan hacer regresar a Cuba al pasado y convertir a los tribunales yanquis en instrumentos para el odio y la venganza.
Otra vez estamos a la espera de Trump.
En cualquier caso, si no lo hace ahora, le quedarían por delante varios plazos semestrales para sembrar el caos antes de concluir su mandato. Así será mientras la infame Ley no sea derogada completa y definitivamente.

Ricardo Alarcón de Quesada

domingo, 16 de julio de 2017

Buena Fe y Silvio Rodríguez - La tempestad


Raúl Castro: Enfrentemos los nuevos retos con la fe de Fidel en la victoria




Recordó que restan apenas 12 días para celebrar el Acto del 26 de Julio, que esta vez tendrá como sede a Pinar del Río. Informó que comenzará a las 7:00 a.m. y que las palabras centrales las pronunciará el Segundo Secretario del Partido, José Ramón Machado Ventura. Dijo que será el primer 26 de Julio sin la presencia de Fidel y alentó: “Propongámosno enfrentar nuevos retos bajo la guía de Fidel, su intransigencia revolucionaria y su fe permanente en la victoria”.

sábado, 15 de julio de 2017

Cuba: Pensamiento Crítico en la transición socialista

Este es el texto de un ensayo presentado en la Conferencia con motivo del 50 aniversario de la revista Pensamiento Crítico que tuvo lugar en La Habana el 21 de febrero de 2017. La revista se publicó de manera mensual en Cuba desde 1967 hasta 1971. Editada por Fernando Martínez Heredia (1939-2017), Pensamiento Crítico formó parte de una discusión abierta sobre el marxismo en la revolución cubana, en la que muchos rechazaron el encorsetado enfoque estalinista adoptado por los manuales soviéticos de "marxismo-leninismo".
Frank Josué Solar Cabrales es un comunista cubano y profesor de la Universidad de Oriente en Santiago de Cuba. Publicamos aquí su ensayo porque pensamos que, a partir de una valoración del Pensamiento Crítico, plantea una serie de puntos muy agudos y relevantes sobre la situación actual en Cuba y el camino a seguir para la revolución cubana.

Esta ponencia forma parte de las presentadas en la Mesa 3 del Coloquio a propósito del 50 aniversario de la revista Pensamiento Crítico. Los trabajos irán apareciendo paulatinamente en el dossier que hemos dedicado al evento. La distancia que nos separa hoy de la salida del primer número de Pensamiento Crítico es exactamente la misma que mediaba entre esa aventura intelectual y revolucionaria y la Revolución de Octubre: medio siglo. La coincidencia en este caso no se limita solo al azar temporal.
La Revolución Rusa y la Cubana desataron la energía creadora de las masas, que por primera vez se sintieron dueñas de todo y se apropiaron de todo; propiciaron un ambiente de debate libre y abierto entre revolucionarios, impulsaron una ola de luchas revolucionarias en todo el mundo, que apoyaron con todas sus fuerzas, y ambas confiaron su destino al éxito de esas contiendas. De igual modo el resultado desfavorable de la lucha de clases a nivel internacional produjo, aunque con diferencias enormes de grado y calidad en cada caso, retrocesos y recortes en sus proyectos revolucionarios.
En los años finales de la URSS las corrientes revolucionarias que pretendían la defensa y profundización del socialismo reclamaban una vuelta a Lenin y los bolcheviques para encontrar allí sustento a sus posiciones. Nosotros hoy, ante el descalabro del modelo burocrático de socialismo que se ensayó en la Unión Soviética y la Europa del Este, y ante los peligros reales de restauración capitalista que nos amenazan, podemos encontrar la alternativa en nuestra propia historia, en los aportes originales de nuestra suerte de “bolchevismo” cubano de la primera década de poder revolucionario, del cual formó parte, por derecho propio, Pensamiento Crítico, y del cual fueron principales exponentes el Che y Fidel. A esa fuente original acudió Fidel en otra coyuntura vital para la Revolución Cubana, cuando en los años 80 se inició el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas.
Pensamiento Crítico fue una hija intelectual de su tiempo y de la Revolución, nacida de la necesidad de formación teórica que era sentida entonces como una urgencia. En contraste con el empobrecimiento del pensamiento social que vino después, la revista exhibía una amplia diversidad y pluralidad en la publicación del pensamiento de izquierda mundial. Su único criterio de selección era la calidad y el rigor intelectual. En sus páginas encontraron espacio los principales exponentes del pensamiento revolucionario universal, incluso escuelas, tesis y teorías opuestas a las posiciones que mantenía el equipo de redacción de la revista. Era parte de la libertad de pensar que la Revolución inauguraba, de ese lee y no cree expresado como principio, de esa democratización del conocimiento y del acceso a la cultura que inauguró la Revolución Cubana. Ella reflejó los grandes temas que eran ejes transversales a todas las investigaciones sociales de la época: la Revolución, las luchas de liberación nacional y las resistencias populares, las estructuras económicas y de dominación, la teoría del socialismo.
Como se cerró en 1971, Pensamiento Crítico solo puede estar relacionada con lo más creativo y liberador de la Revolución Cubana, y no con los errores y grisuras que vinieron después, es decir, con la parte de la Revolución que no es la Revolución. Hoy, a cinco décadas, Pensamiento Crítico no se cansa de servir, y sus escasos e intensos cinco años de existencia siguen siendo una herramienta útil para el avance de las liberaciones y el socialismo en Cuba. Claro, para que su recuperación nos sea verdaderamente valiosa, deberá ser creadora, no una copia mecánica.
Hoy casi nadie habla de la transición socialista, a algunos le parece un concepto viejo y anticuado, pero es indispensable para nuestro proyecto que se rescate del olvido y sean retomados los debates sobre ella. Urge recuperarlo por su utilidad política, teórica y metodológica. El establecimiento del comunismo como principal meta a alcanzar no tiene solo la función del horizonte utópico que sirve para avanzar, sino que provee el referente ideal con el cual contrastar nuestras prácticas y realidades cotidianas durante la transición.
El socialismo, más que un estado, un modelo o un momento determinado, un modo de producción específico, es un período de transición, un movimiento, un proceso. Más que un lugar de llegada es un camino. Visto de esta manera, que es la de los clásicos, el socialismo es el período de construcción del comunismo, y su objetivo fundamental sería hacer avanzar el modo de vida comunista sobre el capitalista. Esa era la concepción que sustentaba la posición radical de los revolucionarios cubanos en los 60 cuando hablaban de la construcción paralela del socialismo y el comunismo.
Con los criterios de sostenibilidad de tecnócratas y capitalistas no hubiera sido posible la Revolución y sus conquistas. Para una estrecha visión economicista no será nunca sostenible la conquista de toda la justicia, la garantía de una vida digna para todas las personas. Eso será solo sueño de locos o fanáticos. El desarrollo social alcanzado por los cubanos en tantos órdenes de la vida en estos casi 60 años está al nivel del mundo capitalista desarrollado, muy por encima de sus condiciones materiales de reproducción. Él hubiera estado fuera de lo posible, de lo sostenible, de lo que podía ser alcanzado por esta pequeña islita sin en ella no se hubiera producido una Revolución Socialista que derribara todos los límites de posibilidad y racionalidad que la realidad parecía imponerle.
El mercado y las categorías económicas del capitalismo no sirven para construir el socialismo. Deben entenderse como un mal necesario que deberá tolerarse por un período transicional, pero precisamente uno de los datos del avance del socialismo en la transición socialista es su paulatina reducción. Si existe la imperiosa necesidad de generalizarlos y extenderlos, obligados por circunstancias adversas, debemos entenderlo y explicarlo como un retroceso, como lo hizo Lenin cuando aplicó la Nueva Política Económica (NEP), y nunca, en ningún sentido, como un paso de avance en dirección al comunismo. Es decir, el mercado y los mecanismos capitalistas de producción pueden ser utilizados coyunturalmente, para sobrevivir y recuperarnos, pero no para generar la riqueza y la base material indispensables al socialismo, porque ellos solo pueden conducir al capitalismo.
Todo esto parte de un equívoco bastante extendido, que se ve constantemente reforzado desde el sentido común: el socialismo es muy justo, una maravilla en cuanto a la garantía de derechos sociales y culturales, pero un desastre económico, es ineficiente y no crea riqueza, no incentiva la producción ni el desarrollo. Por tanto, la solución parece bastante clara: combinemos lo mejor de ambos sistemas, utilicemos los mecanismos y categorías del capitalismo, ya probados en su eficiencia, para producir la riqueza, y el modelo político y social del socialismo para distribuirla de la manera más justa posible, sobre todo para asistir a los más desamparados. El viejo sueño, siempre incumplido por su absoluta desconexión de la realidad, del reformismo socialdemócrata. El pragmatismo chino lo sintetizaba ejemplarmente en una frase: “No importa el color del gato, lo importante es que cace ratones”.
Lo de menos es el color del gato. Por supuesto que al socialismo le interesa que el gato cace ratones, mientras más mejor, pero tanto como eso también le importa cómo los caza. O sea, si entendemos que el socialismo no puede ser un mero sistema de distribución, más o menos justa, de la riqueza, sino la creación de una nueva cultura, de nuevas relaciones sociales, de seres humanos nuevos, junto con la creación de una base material indispensable para la satisfacción de las necesidades de las personas, entonces no nos sirve cualquier tipo de desarrollo económico, sobre todo si es uno basado en la explotación del trabajo ajeno, en la potenciación del egoísmo, de la desigualdad, de la pobreza. No se pueden naturalizar la miseria y las inequidades.
El crecimiento económico necesario al socialismo debe lograrse por medios socialistas, no con las herramientas melladas del capitalismo. Ni siquiera se trata de que la creación de la llamada base material del socialismo y la creación del hombre nuevo sean dos procesos paralelos, que deben darse al unísono, o sea, por un lado socialismo económico y por el otro moral comunista. Porque, como ha dicho el Che, en realidad son un mismo proceso.
Imposibilitados de usar los viejos látigos del capitalismo si de verdad queremos alcanzar objetivos trascendentes de emancipación, el único modo que tenemos de aumentar la productividad y la eficiencia, de generar crecimiento económico por medios socialistas, es a través de la conciencia, de la educación, de la formación de nuevos hombres y mujeres, y de nuevas relaciones sociales de producción entre ellos. En este sentido, el control real de los trabajadores sobre la política y la economía, no es un adorno o un lujo, sino una necesidad vital de la transición, su modo de existencia, y la principal forma que tiene para desarrollar las fuerzas productivas en un sentido socialista.
Comprender el período de transición como un proceso de tensión entre lo viejo que se niega a desaparecer y lo nuevo que no termina de nacer no significa que debemos aceptar esas contradicciones como normales y tolerables. Debemos identificarlas y conocerlas bien pero para resolverlas en un modo favorable al socialismo. Es decir, nuestra función no puede ser la de velar por la buena salud del viejo orden capitalista, sino la de ser parteros, y trabajar con todas nuestras fuerzas para ayudar a la Era en el doloroso parto del corazón de un nuevo mundo de justicia.
El marxismo revolucionario, además de guía para la acción y la transformación de la sociedad, no puede ser solo una herramienta de análisis para comprender el funcionamiento del capitalismo, tiene que servir también para la disección rigurosa y honesta de la sociedad de transición socialista, dar cuenta de sus tendencias y contradicciones, evaluar sus avances y retrocesos, prefigurar su desarrollo. En caso contrario dejaría de ser un instrumento para la liberación y se convertiría únicamente en una teoría justificativa y legitimadora del poder de grupos.
La crítica de izquierda, al menos una digna de tal nombre, no es peligrosa para la Revolución, sino para la burocracia. Crítica de izquierda fue la que hizo el Che cuando advirtió sobre los peligros que se cernían sobre la construcción socialista y sobre las posibilidades de regreso al capitalismo en la URSS, la que hizo Fidel de forma constante a lo largo de toda la revolución, como cuando el 17 de noviembre de 2005 arremetió contra los corruptos y los nuevos ricos, la que sigue haciendo Raúl cuando alerta de la necesidad de una ideología anticapitalista y antimperialista, de no perder la sensibilidad ante los problemas que afectan al pueblo, y a las presentes y futuras generaciones de dirigentes de mantener siempre la perspectiva de que esta es una Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes.
Hoy esa crítica de izquierda es más necesaria que nunca, para evitar una restauración capitalista en Cuba. La unidad de los revolucionarios es condición sine qua non para defender la Revolución de los ataques imperialistas y de la derecha, y profundizarla, pero su uso por parte de la burocracia pudiera servir para defender intereses espurios y grupales, que en última instancia pondrían en peligro la Revolución, y prepararían su derrota y entrega, sin la posibilidad de un rechazo fuerte. No se pueden olvidar las lecciones de la Historia.
La acusación de una burocracia corrupta, usurpadora del poder, a revolucionarios de izquierda, de atentar contra la unidad, y por tal razón, de hacerle el juego al enemigo y perseguir sus mismos objetivos llevó al asesinato y al destierro a miles de comunistas en la antigua Unión Soviética, consumó la contrarrevolución burocrática que exterminó la generación de bolcheviques que hizo la revolución junto con Lenin y desembocó a la larga en la restauración capitalista. La misma burocracia que acusó a los revolucionarios de socavar la unidad del pueblo se reconvirtió en una nueva clase capitalista, sin que una numerosa militancia comunista, acostumbrada a obedecer sin crítica las orientaciones superiores para no afectar la unidad, pudiera hacer nada por impedirlo.
Como demuestran las experiencias socialistas del siglo XX, la unidad es imprescindible para defender la Revolución, pero por sí sola será insuficiente para profundizarla, que es el único modo de evitar su derrota. Ella deberá ir acompañada de un control popular sobre la burocracia, es decir, de un efectivo ejercicio de poder popular, y de un activo, propositivo y comprometido pensamiento crítico de izquierda.
¿Qué tipo de socialismo? Al decir de Francois Houtart, ni el que da risa, el socialdemócrata, ni el que da miedo, el estalinista. Por supuesto que buena parte de los regímenes que ocuparon el nombre del socialismo en el siglo XX no tenían nada que ver en realidad con él. Confundir el modelo estalinista, que con diferencias de grados y matices se extendió a otras latitudes, con el socialismo, es como confundir a la Inquisición con el cristianismo primitivo, revolucionario, colectivista y ligado a las entrañas populares. El socialismo al que aspiramos, aquí y en todo el mundo, es uno de libertad, igualdad y desarrollo pleno, que apunte a una sociedad de trabajadores libres asociados, donde el libre desenvolvimiento de cada uno sea la condición para el libre desenvolvimiento de todos, donde el poder y la propiedad pertenezcan a todos. Un mundo nuevo, sin César ni burgués. Un revolucionario no puede conformarse con menos.

Frank Josué Solar Cabrales

jueves, 13 de julio de 2017

Hablemos de ciberseguridad




La #PupilaTv invita al debate sobre ciberseguridad, con la presencia del director de la Oficina de Seguridad de las redes en Cuba.

La OEA y otras infamias

Una vez más fracasó la OEA. Pese a las presiones de Washington y las febriles maniobras de Luis Almagro no pudieron condenar a la Venezuela bolivariana y chavista en su reunión en Cancún, México. Para ello había sido convocada en el balneario mexicano.
Para eso y nada más. Se le ordenó ejecutar un fratricidio y al mismo tiempo ignorar los problemas reales que laceran a los pueblos supuestamente representados en el exclusivo hotel.
Del encuentro no salió una palabra sobre los niños de Ayotzinapa, ni sobre los periodistas asesinados, o los desaparecidos, o los inmigrantes acorralados, o las poblaciones originarias explotadas y perseguidas desde el Río Bravo hasta la Araucania, ni los obreros y estudiantes reprimidos por todas partes. Nada acerca del golpe de estado en Brasil. Ni siquiera una queja por el infame muro de Trump. Se les exigió sólo apuñalar por la espalda a un estado que a nadie ha causado daño y algunos lo hicieron sin pestañear.
El Imperio consiguió el apoyo de un grupo impresentable en el que figuraban golpistas y pseudodemócratas, corruptos y represores que tienen en común el rechazo de sus pueblos. Todos los que se conjuraron para condenar a Venezuela deben afrontar al interior de sus fronteras la oposición creciente de los trabajadores, los jóvenes y muchas más víctimas del modelo neoliberal que es intrínsecamente injusto, antidemocrático y servil al dominio extranjero.
Ninguno de ellos ha sido capaz de censurar la abierta intervención imperialista ni de solidarizarse con un pueblo hermano. El Gobierno bolivariano, en contraste evidente, no sólo ha sacado de la miseria a millones de sus ciudadanos sino que además ha dado muestras de ejemplar solidaridad para con los demás pueblos de la región.
Lo ocurrido hace recordar los años Sesenta del pasado siglo cuando Estados Unidos empujó a una mayoría a convertirse en cómplices de la agresión militar y el bloqueo contra Cuba. Ahora la historia parecía repetirse aunque con algunas diferencias que vale la pena destacar.
Salta a la vista ante todo la actitud del país anfitrión. Cuando se actuó contra Cuba la diplomacia mexicana mantuvo su rechazo solitario y digno. Ahora fue protagonista principal en la maniobra contra la Patria de Bolívar. Otros, hace medio siglo, tuvieron al menos la prudencia de abstenerse. Entre estos últimos estuvo Chile gobernado por Jorge Aessandri y la derecha conservadora y que hoy bajo una coalición que se dice democrática se sumó sin reparos al alevoso ataque.
La diferencia más notable, entre los dos resultados, sin embargo, estriba en que, pese a todo, los yanquis no pudieron alcanzar la mayoría requerida. No pudieron porque lo impidió un conjunto de países que no eran miembros de la OEA, pues aun estaban sometidos al colonialismo, cuando Cuba fue condenada en Punta del Este.
Los países caribeños, estados jóvenes y de territorios y recursos limitados, siguieron políticas verdaderamente autónomas desde el momento en que asumieron su soberanía. Cuando la obtuvieron establecieron vínculos de respeto y amistad con la Isla asediada y se negaron a plegarse a la política anticubana.
Ahora se unieron a otros que en el Continente siguen resistiendo la ofensiva imperial para evitar un nuevo crimen contra Venezuela.
En los años Sesenta Washington además del garrote ofrecía una zanahoria. Hablaban entonces de una pretendida nueva relación, que bautizaron como “Alianza para el Progreso” y que pronto se disolvió en la nada y desembocó en el agujero negro de las peores tiranías.
Es francamente patético el espectáculo denigrante de unos gobernantes, algunos sobrevivientes -herederos- de aquellas dictaduras, obedientes a la voz de mando de quien desde la Casa Blanca los humilla y desprecia y ya no les ofrece siquiera la olvidada zanahoria.
Pero resulta esperanzador ver a los más pequeños rebelarse y actuar con dignidad.

Ricardo Alarcón de Quesada

miércoles, 12 de julio de 2017

Manzanillo: 225 años de la perla del Guacanayabo


El pensamiento anticolonial de Roberto Fernández Retamar

En contexto

El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales ( clacso ) ha reconocido a las y los grandes pensadores de Nuestra América. En el marco de su 50 aniversario desarrollará una serie de actividades en Cuba, cuna del pensamiento anticolonial y antiimperialista en donde se le dará un reconocimiento a Roberto Fernández Retamar, además, se presentará una antología sobre su obra Pensamiento anticolonial de nuestra América (goo.gl/trsU6Z) que se encuentra en acceso abierto en el portal virtual del clacso . No hay duda de que, al menos de Martí a Fernández Retamar, contamos con una tradición de pensamiento anticolonial y antiimperialista a la cual siempre podremos acudir para subirnos sobre hombros de gigantes.
En lo que respecta a Panamá, aún no logramos liberarnos del todo, en la década del ochenta Ricaurte Soler y Guillermo Castro Herrera nos advertían del “proyecto del nuevo bloque dominante [...] que caracteriza la transición al neocolonialismo a Panamá ” (goo.gl/ixqC8A). El simple hecho de criticar seriamente las formas de colonialismo en nuestro contexto es ya revolucionario en un contexto en el que estamos acostumbrados a cambios maquillados que, al final, terminan por ser lo mismo. En ese sentido, el pensamiento de Fernández Retamar es aleccionador para no perder esa tradición anticolonial y antiimperialista, aún más cuando conocemos concretamente los embates de la política exterior de los Estados Unidos, como su invasión de 1989 y, más recientemente, al incluir al dueño de Grupo Editorial El Siglo & La Estrella de Panamá en la Lista Clinton lo que pone en riesgo las operaciones del rotativo más antiguo del país: La Estrella de Panamá.

El autor y su obra

Roberto Fernández Retamar es bien conocido en las letras y el pensamiento crítico en Nuestra América. O, para usar la nomenclatura del clacso , es una pieza clave del pensamiento social crítico latinoamericano y caribeño. Es una mezcla de rigurosidad ensayística y sutileza literaria que da como resultado un pensamiento excelso, en donde lo sublime es lo que realmente da paso a los procesos transformadores. No hay desperdicio en cada línea de la obra de Fernández Retamar; se trata de una epifanía de sabiduría y es, como diría Marx, “un asalto a los cielos.”
Para referirnos a la obra de Fernández Retamar, adicional de la epifanía de leerlo, nos ceñiremos a lo expuesto por Fredric Jameson en el prefacio de Todo Calibán (goo.gl/94v4ga). Jameson señaló la necesidad de repensar la relación entre política y poesía que parece haber dado rienda suelta en direcciones opuestas, cuando no debería ser así; la poesía en su sublimidad puede contener las más profundas y revolucionarias transformaciones. Jameson también enfatizó en la idea que está muy presente en Fernández Retamar acerca de cuál es el locus y el lenguaje en que uno está y se expresa. Jameson es consciente de lo diferencial del contexto norteamericano y el nuestroamericano (para usar el término de Horacio Cerutti-Guldberg). Jameson hace equivalente el Calibán de Fernández Retamar con el Orientalismo de Edward Said. Las comparaciones son odiosas, a menos que sean funcionales a un propósito determinado; el que queremos exaltar aquí es el del gran impacto en el pensamiento social crítico latinoamericano y caribeño que causa cada línea de Fernández Retamar, tanto como el Orientalismo de Said en el mundo anglosajón.
La simbiosis entre lo poético y lo político en nuestro autor se encumbra en su propia figura. Tanto la lucidez estética, como el compromiso político y revolucionario —señala Jameson­— son absolutos. En el mejor de los casos, el intelectual comprometido puede aguijonear su entorno como el propio Jameson lo hace en la proyección del pensamiento crítico. En la praxis, como se puede verificar, los logros institucionales de Fernández Retamar no son pocos, siempre con una carga revolucionaria y lucidez tremenda para llevar a buen puerto las empresas más encomiables de la Revolución cubana, como Miembro del Consejo de Estado de Cuba y Presidente de Casa de las Américas, entre otros.

Anticolonialismo, antiimperialismo

En Nuestra América vivimos el colonialismo y el imperialismo desde hace más de cinco siglos en todas sus formas, vetustas y nuevas. Aún tenemos colonias y los coletazos del imperialismo pegan fuerte. Fernández Retamar condenó la invasión a Panamá como un crimen “impune”: así opera el Imperio, como policía del mundo, al margen de la soberanía de los pueblos.
Fernández Retamar fue un ferviente lector de la literatura anticolonial y antiimperialista, de Fanon, Martí, Ho Chi Minh, Lenin y el Ché, teniendo un background así, no podríamos seguir lo que dicen Michael Hardt y Antonio Negri en Imperio, de que “el imperialismo ha terminado,” lo cual fue duramente criticado por Atilio Boron en Imperio e Imperialismo, realmente no ha terminado. En términos teleológicos los coletazos del Leviatán incluso pegan más fuertes en su agonía. Los países que están subordinados de alguna u otra forma a esa dinámica conocen muy bien las consecuencias.
Una de las tantas ideas interesantes que propone nuestro autor, y queremos rescatar aquí, es la de las “potencias subdesarrollantes.” Como la historia nos muestra, son los países hoy industrializados, capitalistas y con el control monopólico de los circuitos financieros los que impusieron colonias por todo el mundo y se han pasado el bastón de mando del Imperio tras siglos, los que subdesarrollan a los demás. Ahora estamos bajo el mando, como diría Martí, de la “Roma americana” con todo y su Julio César, que está en constante movimiento y transición, para bien o para mal, de un mundo unipolar a uno multipolar.
En el contexto panameño se analiza muy poco críticamente el anticolonialismo o antiimperialismo, como si el colonialismo o el imperialismo no lo viviéramos en carne y hueso; se opta por publicitar análisis menudos que no significan nada, los efectos, tanto de lo uno, como de lo otro, se maquillan con conceptos como la globalización que —como ha dicho John K. Galbraith— los norteamericanos inventaron para ocultar la política de penetración económica en el exterior. En un escenario así, Fernández Retamar es un autor imprescindible para la formulación de un pensamiento crítico que responda a nuestros problemas.

Abdiel Rodríguez Reyes. Universidad de Panamá / Facultad de Humanidades

Cuba detuvo el retroceso de su economía

Cuba logró detener en el primer semestre de este año el retroceso de su economía, después de registrar en 2016 un decrecimiento de 0,9 por ciento –lo que supuso la primera recesión en los últimos 23 años–, según datos oficiales divulgados en una comisión de la Asamblea Nacional de la Isla.
El vicepresidente y ministro de Economía y Planificación de la isla, Ricardo Cabrisas, ofreció esa valoración, sin aportar datos precisos, durante su intervención ante la Comisión de Asuntos Económicos de la Asamblea Nacional.
Las diez comisiones parlamentarias iniciaron este lunes dos días de reuniones, previas a la sesión plenaria que la Asamblea mantendrá el próximo viernes.
De momento, el gobierno cubano mantiene la previsión de crecimiento del producto interno bruto (PIB) para 2017 en un 2 por ciento.
En declaraciones recogidas por medios oficiales, Cabrisas advirtió que el freno en la recesión “no significa que todos los problemas estén resueltos” y señaló que en el segundo semestre de 2017 se requerirá de “esfuerzos enormes” para salir adelante.
Indicó que en ese periodo se produce una bajada en el turismo –actualmente el área más dinámica de la economía– y el fin de la zafra azucarera, por lo que el país tendrá que trabajar más para garantizar ingresos y exportaciones.

¿Puede crecer un 2 por ciento la economía cubana en 2017?

El ministro también se refirió a la necesidad de ahorrar combustible, lo que consideró una “asignatura pendiente” en empresas y unidades estatales, donde han sufrido problemas de suministro en los últimos meses debido a la reducción de los envíos de crudo subsidiado por parte de Venezuela.
En diciembre pasado, los parlamentarios reclamaron “mayor control, exigencia y medidas eficaces” ante las denuncias realizadas sobre el desvío y el robo de combustibles en el sector estatal.
Los diputados de la Comisión de Industria, Construcciones y Energía aprobaron hoy el proyecto de Ley de Aguas, que regulará la gestión adecuada del agua y la preservación de las cuencas hidrográficas, con lo que la isla busca afrontar la grave sequía que arrastra desde hace dos años.
También se abordó la compleja situación del transporte ferroviario, cuya rehabilitación lleva años pendiente, afectada por la baja disponibilidad técnica de las locomotoras, insuficiencias de los equipos de carga o el mal estado en las vías.
En la comisión de Juventud, Niñez e Igualdad de Derechos de la Mujer se habló sobre la necesidad de controlar los embarazos adolescentes, que en estos momentos tienen una tasa de 52 por cada 1.000 menores de 20 años.
La Asamblea Nacional de Cuba celebra dos reuniones ordinarias al año, en julio y diciembre, está integrada por 612 diputados que representan a los 168 municipios del país y es elegida cada cinco años.
En mayo pasado, la Asamblea celebró una sesión extraordinaria para aprobar la versión definitiva de las reformas económicas emprendidas por el presidente Raúl Castro hace ya siete años antes de que este deje el cargo en febrero de 2018.

OnCuba

domingo, 9 de julio de 2017

1960: cuando la Revolución cubana expropió a EE. UU.




El presidente Dorticos Torrado firma las exropiaciones junto al primer ministro Fidel Castro en 1960

Bajo el impulso del triunfo revolucionario contra la dictadura de Batista, llegó la ola de expropiaciones a los capitales norteamericanos en Cuba. Un duro golpe que marcaría un punto de inflexión en la historia del Caribe y América Latina.

Fidel Castro como dirigente de la Revolución cubana en enero de 1959 tenía como objetivo fundamental restablecer la democracia burguesa (en este video se puede ver a Fidel Castro hablar en un perfecto inglés diciendo: “We are not communist”). Luego de la caída del dictador Fulgencio Batista, se formó un Gobierno provisional encabezado por Manuel Urrutia, un político burgués que debió renunciar el 17 de julio de ese año. Inicialmente el M26 se oponía a la opresión yankee, planteaba la reforma agraria, la reforma urbana, la baja de alquileres y una democratización política. Esas medidas, si bien no afectaban el conjunto de los intereses de los grandes capitalistas y terratenientes, eran vistas con preocupación por los EEUU. A pesar de esto, EE.UU. reconoció rápidamente al nuevo gobierno.
Pero la dinámica de la revolución y la energía de las masas oprimidas las que obligaron a los dirigentes del M26 como Fidel Castro a ir más lejos que sus intenciones originales. El bloque social que derrocó a la dictadura de Batista fue policlasista. Estaba compuesto por el campesinado, el proletariado rural, el movimiento obrero urbano, la pequeño burguesía y hasta personajes de la burguesía cubana.
Como en toda revolución, las masas tienden a radicalizarse y se desata una intensa lucha de clases. Al decir de León Trotsky “la historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”. Y agrega que “cuando en una sociedad estalla la revolución, luchan unas clases contra otras, y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que acaba no son completamente suficientes para explicar el curso mismo de la revolución que en unos pocos meses derriba instituciones seculares y crea otras nuevas, para volver en seguida a derrumbarlas. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios está directamente determinada por los rápidos, intensivos y apasionados cambios psicológicos en las clases formadas antes de la revolución” (Prólogo a la Historia de la Revolucion Rusa, cotejado con la versión francesa).
En Cuba, mientras un sector quería pactar nuevas condiciones con el imperialismo norteamericano, otro sector; el de obreros y campesinos que habían hecho la revolución, querían ir por todo. Así Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y sus compañeros comandantes e incluso el Che Guevara se vieron desbordados.
Por un lado EEUU inicia lo que sería un largo camino de atentados y sabotajes cuyo objetivo era organizar la contrarrevolución, apoyados por la burguesía y los terratenientes cubanos. Por otra parte, las masas se arman y movilizan en defensa de la revolución. Ya no se podía volver atrás. Más aún cuando el contexto mundial era el de la “Guerra Fría”, que implicaba que en un tercio del planeta, luego de la Segunda Guerra Mundial, se le había expropiado a la burguesía los medios de producción. Más allá de la forma burocrática con la que encabezó el stalinismo este proceso, la amenaza del comunismo era algo serio para la hegemonía norteamericana.
Lo que terminó de encender la alarma del gobierno cubano es que EEUU suspendió la compra de la cuota de azúcar que había adquirido desde su “independencia” bajo la tutela del imperialismo. Además de un problema económico, significaba una extorsión política que avivó las llamas del enérgico repudio de las masas cubanas. En tal efervescencia se apoyó la dirección castrista para resistir al imperialismo.
La revolución empezaba a teñirse, lenta pero intensamente; de color “verde oliva” en “roja”…
Fernando Mires sostiene que: “de inmediato los cubanos acudieron al mercado soviético. Los rusos se comprometieron a comprar medio millón de toneladas anuales durante cuatro años a precio de mercado. A fines de 1960 Cuba se retiraba del Banco Mundial. Los empresarios cubanos, a su vez, realizaban un boicot a las inversiones. Ernesto Guevara (…) redobló el proceso de expropiaciones. Estados Unidos dejó de enviar petróleo. Los cubanos recibieron petróleo ruso. Las empresas norteamericanas que se quedaban se negaron a trabajar con petróleo ruso” (Fernando Mires, Cuba: entre Martí y las montañas).
Bajo esos contornos el gobierno cubano, el 6 de julio de 1960, respondió con la ola de nacionalizaciones: Texaco, la Standard Oil, la Royal Dutch y la Canadian Shell Ltda. Además de las empresas de gas y teléfonos (ver video).
A esta situación el Che Guevara definía como “una revolución de contragolpe”. Es decir que la revolución respondía en base a la agresión y los golpes del imperialismo, y tal presión del internacional la obligaba a ir más allá de sus intenciones.
En octubre del mismo año se dio la nacionalización de la banca. Y la respuesta yankee fue el inicio del bloqueo económico a la isla, el más largo y costoso en la historia del capitalismo, que continúa hasta el día hoy. Luego en 1961 llegará la invasión impulsada por EEUU a Playa Girón que será derrotada.
El debate económico para sacar a Cuba del atraso económico fue más que intenso. Fundamentalmente se expresaron dos posiciones. Por un lado, los partidarios del “calculo económico” que defendían un proyecto político de socialismo mercantil, con empresas gestionadas en forma descentralizada y con autarquía financiera. La planificación, para los seguidores del cálculo económico operaba a través del valor y del mercado.
Por otra parte la posición del Che Guevara –a cargo del Ministerio de Industrias-, era la del “sistema presupuestario de financiamiento” que cuestionaba la unión de socialismo y mercado. Defendía un proyecto político donde planificación y mercado son términos antagónicos. Entre cada fábrica de una misma empresa consolidada no había compraventa mediada por el dinero y el mercado, sino intercambio a través del registro de cuenta bancaria. Sin embargo, no planteaba que esta planificación se realizara democráticamente, con la participación de los trabajadores y el pueblo y sus organizaciones sino que lo dejaba en manos del gobierno que rápidamente adheriría al stalinsimo convirtiéndose en una casta burocrática.
El Che se inclinaba por los incentivos morales como manera de elevar la conciencia socialista de los trabajadores y su teoría del “hombre nuevo”. Guevara hace una reivindicación de los incentivos morales y los deberes sociales, en oposición a los estímulos materiales de los socialistas de mercado.
La URSS tenia la “teoría” de que a Cuba, en la división internacional del trabajo de los países bajo su influencia, le tocaba el papel de especializarse en el azúcar. Pero el monocultivo y la falta de industrialización solo prepararía nuevas penurias. La subordinación a este plan hará que Cuba surja como un Estado obrero "deformado" (con relación al Estado revolucionario que dio origen la Revolución Rusa dirigida por Lenin y Trotsky). Y además, totalmente débil al ser el único en el continente (gracias a la política del "socialismo en un solo país" del stalinismo) frente al imperialismo más poderoso del mundo.
En 1965 el Che perdió el debate. Allí decide salir fuera de toda responsabilidad en cuanto a la dirección de la economía nacional. Y emprende el viaje al extranjero exportando la guerrilla como método para la revolución.
A través de Julio Cortázar rescatamos algunos de los avances que el notaba en “Los colores de la revolución”:
“Lo que me interesa de la experiencia cubana son los resultados concretos traducidos en términos de vida cotidiana. Y comparo esta situación con la de otros países de América Latina”. Le impactan los 25 mil trabajadores que construyen viviendas para que todos tengan acceso a la misma. Y agrega que “Otra señal de este nuevo bienestar se encuentra en el turismo interno cubano. Esos campesinos de la montaña que nunca habían abandonado su casa, ahora se van ’de vacaciones’. Los habitantes de las ciudades conocen los lagos, la montaña. (…) Pero los grandes beneficiarios de la Revolución son, ante todo, los niños. Nada es demasiado bueno para ello”. Con respecto al lugar de la cultura sostiene que “la lectura es un fenómeno de masas. Ediciones de sesenta mil a ochenta mil ejemplares se agotan en algunos días. El libro cubano es un modelo para toda América Latina; los ejemplares circulan, se mueven: hay ochocientas bibliotecas ambulantes que llegan a los pueblos más alejados, sin contar las bibliotecas de los centros de enseñanza y trabajo. En 1975 se imprimieron treinta y cinco millones de ejemplares: una avidez de libros, como en el Chile de Allende. El día en que salió la edición cubana de la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, la cola ante las librerías de La Habana fue tal que los agentes encargados de contener las colas de espera fueron seriamente atropellados. Y me parece muy lindo que las fuerzas del orden se vean en problemas por razones estrictamente culturales...”. Y cierra reflexionando en torno a las relaciones con la URSS “cuando, hablando del futuro, se considera con ellos lo peor, todos, desde el ministro a la empleada doméstica, dicen: Si un día desembarcan los estadounidenses, si llega a pasar algo que amenace nuestra independencia, nuestro régimen, todo lo que hicimos aquí, entonces será ‘Patria o muerte’. ‘Antes morir que cambiar’”. (El Dipló. Revista EXPLORADOR “Cuba” – N°1 Cuarta Serie).
A pesar de la subordinación al estalinismo y de la burocracia castrista que hizo de todo para impedir que Cuba sea la punta de lanza de una serie de revoluciones triunfantes en América Latina y el Caribe, si hubo tales avances fue porque finalmente, en un largo proceso; se expropió a los capitalistas. Y esas son las conquistas de la revolución que defendemos contra el imperialismo y la burocracia restauracionista.

Daniel Lencina